Hermosota
Hoy estoy sola en casa. Me he tomado la pastilla de adelgazar que disuelve la grasa, la galleta hipocalórica y medio yogur descremado, y me he tendido en el sofá a ver la tele. Ha salido el anuncio del frigorífico que cuando lo abres te grita: “Ya me estás cerrando, so gorda”
Parece mentira, pero eso me ha deprimido. La báscula, esta mañana, al pesarme después de la ducha, me advirtió con su voz enlatada y neutra: “Lolona, has puesto quince gramos desde ayer a las 8.32 a.m. Peso actual: setenta y siete kilos, trescientos veintidós gramos. Gracias por vigilar tu peso”. Es una báscula personalizada, de diseño. Me la regaló Pepe por mi cumpleaños.
Me sentía algo triste porque la pastilla adelgazante me afecta a eso de las hormonas. Es que los gordos nos hemos convertido en apestados y si, encima, eres mujer, pues entonces eres gorda, que es mucho peor.
Pepe me tiene apuntada a la Universidad a Distancia porque dice que si me distraigo como menos. Me pongo a hacer los deberes y me topo con un escritor antiguo, un tal Eforos, que dice que, entre los celtas y los iberos, los gordos estaban prohibidos, “siendo castigado aquel cuya cintura sobrepasa la medida normal”. O sea, que la persecución viene de lejos.
Todo esto me deprime, ya digo. Así que he ido al frigorífico, aprovechando que es un modelo antiguo que todavía no habla, y me he preparado unos huevos fritos, cuatro, con pimientos y bacon. Luego he abierto una lata de callos con chorizo que me tiraba los tejos desde una esquina de la alacena y, para rematar, me he comido un cartón de helado de crema tostada y media tableta de chocolate. Al entrar en el baño me ha parecido que la báscula parlante me miraba de un modo raro. La he tirado por la ventana del lavadero. A estrellarse me ha parecido que gritaba: “¡Gorda, te vas a enterar!”, pero a lo mejor son figuraciones mías.
(La Razón - 0)

