Columnas

Dos horas con Pepe

¡Ay Pepe, tres años ya desde que te fuiste para siempre y parece que han pasado tres días, porque hay que ver cómo se me va el tiempo, con lo lento que se me hacía cuando estabas a mi lado! Yo no soy teleóloga o como se diga, pero te voy a decir mi verdad: cuando la gente se pregunta si hay vida después de la muerte yo siempre digo: ¡claro que hay vida, eso es seguro! Sobre todo hay vida después de tu muerte porque ¿quién me lo iba a decir a mí?: yo que estaba consumidita y avejentada, en cuanto te enterramos, mira, mi verdad te digo, me he puesto como una rosa. ¡Hay que ver los misterios de la vida! A los pocos meses miré la fotografía que nos hicimos en la boda de la Engracia y es que no me conocía: como si me hubieran quitado veinte años de encima. Y sabes lo que te digo: yo tu muerte la sentí, que en una semana no se me fue la llorera y me quería morir contigo, pero luego me volvieron las hambres y me dije: hay que tirar palante. Y aquí me tienes. Te digo mi verdad: no te echo de menos, ni tus borracheras, ni las palizas, ni cuando me estrellabas el plato contra la pared y me decías vaya mierda de potaje cuando venías harto de tapas del bar, ni los domingos viendo el partido con los amigotes. Ahora ya no. Me miro desnuda delante de la luna del armario y me digo: Lola, tú estás buena. No es que te lo digan los albañiles, que les pones una escoba con faldas y se encabritan: es que tú estás buena. Me palpo las carnes firmes y los pechos valentones y me digo: A vivir que son dos días y llevamos vividos día y medio. Te voy a decir mi verdad, ahora que eres difunto: yo necesitaba otra cosa, más ternura no aquel aquí te cojo aquí te mato que tú me hacías, que me dejabas a la luna de Valencia y luego a roncar. Ahora, mira, me lo hago con el repartidor del butano, un pollancón rubio que viene más o menos dos veces al mes. No es que gaste tanto butano, ojo. Es que cuando pienso que lo voy necesitando saco la bombona al balcón y la dejo abierta para que se vaya el gas. El otro día, dos veces, porque con el cuento de que no tenía cambio me dejó la bombona fiada y volvió a las tres horas a cobrarla. Me lo dijo, con una sonrisilla: señora me parece que en adelante voy a estar flojo de cambio. ¿Flojo, tú? -le dije. Le hice una tortilla de cinco huevos. Toma para que no pases hambre, que con el trasiego de bombonas y la buena edad que tienes estarás desmayado. Y él tan agradecido. Tierno no es, para que te voy a engañar, pero yo, con la edad, tampoco necesito tanta ternura, fíjate tú, en eso te doy la razón, cuando yo te decía que a las mujeres lo que nos gusta es el antes y el después y tú contestabas que lo de la ternura son mariconadas. Bueno Pepe, lo que te quería decir es que la vida sigue y que yo aunque no deje de acordarme de ti, porque para eso tengo la paga de viuda, a lo mejor vengo ya menos a limpiarte la lápida, que esto son antiguallas, lo dijeron el otro día por la tele, y lo que valen son los sentimientos. Y tú sabes que a mí a sentimientos no hay quien me gane. Especialmente desde que Dios te llevó a su gloria y nos dejó a todos en la nuestra.

(La Razón - 0)

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