Columnas

Paella

-¿Carne y pescado juntos en el mismo plato? –inquirió el noruego, incrédulo.

-Sí señor -le respondí-: Un plato antiguo e ilustre; un plato elemental como todos los grandes platos, un guiso cuya esencia reside en echar mano de todo lo que viene a mano, una síntesis esencial: la verdadera cultura.

Estábamos en la barbacoa del huerto de Juan Sosa, con vistas a las aguas del fiordo de Oslo. La paella (no paellera) era buena, pero el defectuoso hornillo portátil sólo se encendía a medias, lumbre excesiva por un lado y nada por el otro. En fin, añadí el sofrito mientras, en el fiordo de Oslo, la patulea de pálidos holgazanes con pedrigee se embarcaba en el yate real. Zapeé y salieron moros y negros en pateras, nobles a su modo, como Tarik y Muza. En la patera real las sonrisas de dentrífico sonreían a los plebeyos de tierra. Manos que nunca han trabajado saludaban haciendo los cinco lobitos, como les enseñan desde la cuna.

La boda. Una futura suegra que desciende de la limusina y despliega una sonrisa de netol, hierática, profesional, en la cara apaisada, una sonrisa cuya falsedad delata la mirada helada y taladradora de los ojillos germánicos, puro acero Solingen, el acero alemán bueno para bayonetas que abre cajas torácicas como si fueran farolillos de feria. La nuera sin embargo, como jugaba en propio campo, dominó la escena. Rubia y fría, de carnes duras, como le gustan al niño. Los encoñamientos son como la paella, o sea, hay que dejarlos reposar. Todo el secreto está en no removerlos mientras hierven y en reposarlos fuera del fuego, con el grano todavía durito. En fin, la paella fue un auténtico fracaso, pasada por un lado y cruda por el otro, pero la boda fue un éxito. O sea, según se mire.

El contrayente, un auténtico pardillo, sonreía incómodo. Los padres se tragaban el sapo sin pestañear, dos auténticos profesionales, especialmente cuando posaron para la foto familiar, con la madre soltera sosteniendo en el cuadril al hijo del presidiario. Un cronista zarzuelero alababa la originalidad del altar mayor adornado con berzas y coliflores. Todo muy emotivo. Mientras las pateras acochambran miseria bajo la alfombra comunitaria, Europa, la vaca alegre y confiada, está pendiente de la horterez vikinga que resplandece bajo los cielos encapotados de Oslo.

Por suerte siempre nos quedará la paella.

(El Mundo - 2001)

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