Columnas

El mundo de Terenci

Yo no conocía personalmente a Terenci, pero había leído algún libro suyo. La noche de mi premio Planeta, Terenci se abrió camino entre los micrófonos y las cámaras que me rodeaban, me felicitó con un enorme abrazo y me susurró al oído: “Déjame un poquito a tu lado, que chupe cámara”.

Así era Terenci: cordial y directo incluso cuando intentaba promocionarse. Era sensato en las cosas mundanas, con esa vieja sabiduría catalana y mediterránea que sólo lo desasistía en lo tocante al amor. Durante tres lustros y pico mantuvimos una amistad intermitente. Cuando coincidíamos en algún acto público, o en las largas esperas de un aeropuerto, conversábamos animadamente como viejos amigos, nos contábamos nuestras cosas y celebrábamos nuestras coincidencias. Los dos habíamos llegado a la literatura a través del cine y de los tebeos (en nuestra respectivas casas natales no había más libro que el de Familia); los dos coleccionábamos cromos, fotografías, prospectos de películas, recuerdos del tiempo muerto de la infancia de postguerra, en un barrio obrero de Barcelona en su caso y en el mío en un pueblo andaluz.

Terenci renunció a la carrera de escritor de culto, de gran figura de las letras españolas que por sus habilidades literarias le hubiera correspondido (ahí están las novelas de sus inicios). Con sabiduría, optó por la vida. Tuvo éxito y se dejó cortejar por ese éxito, por la aristocracia, por las artistas, por las candilejas, por la vida social que antes sólo había entrevisto en las películas tecnicolor. Sagaz y hedonista, escogió la vida, con sus luces y sus sombras, antes que la esclavitud del gabinete en pos de esa falsa vida perdurable de la fama de los grandes escritores consagrados, esos que a los tres meses de muertos ya nadie lee. Como lo sabía (clarividencia que disimulaba con su disfraz superficial) nunca se dejó engañar.

Terenci no se afanó por construirse una carrera de escritor. En cambio creía en el amor, aunque sabía que nunca dura, excepto en las películas de Hollywood. Cuando se enamoraba, siempre era la primera vez. Era confiado y sufriente, se entregaba por completo y a veces se llevaba grandes desengaños, pero no escarmentaba.

Nunca dejó de ser el niño de barrio que coleccionaba cromos de cine. Su piso atiborrado de archivos y carpetas era, es, un santuario a donde los sueños cinematográficos de varias generaciones han ido a refugiarse, tanta emoción y tanta vida, tantos recuerdos perdidos como lágrimas en la lluvia (¿recuerdas, Terenci, esa escena casi final de Blade Runner que tanto nos emocionaba, el replicante rubio, Rutger Hauer, a punto de morir?)

Ese ser contradictorio, alocado a veces, lleno de sentido común otras, vital, adorable, tierno, era Terenci, Ramón, Ramonet, Terenci del Nilo.

Yo compraba en los mercadillos de Sevilla cromos y postales de actores para su colección. El día que murió encontré una postal de Sal Mineo en color. Pensé: “Esta le va a encantar a Terenci”. Cuando me tropiezo con ella, entre mis carpetas, me imagino el encuentro de Terenci y Mineo, en el cielo difuso de los artistas, en el Olimpo laico de nuestro recuerdo.

Terenci vive entre estos fotogramas en color antiguo. Pasen, recuerden y sueñen.

(La Razón - 0)

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