Columnas

Don Camilo

En la poderosa humanidad de Camilo José Cela, “el del Premio”, cabían varios personajes. De todos ellos el más divertido era el bestiajo, aquel Camilo que se apostaba con los lugareños a ver quién come más torreznos o que aprovechaba la presencia de un amigo cirujano para que le operara un furúnculo del culo sobre la mesa de la cocina. Este mismo Camilo era el que hacía observaciones tan sensatas como aquella de que desde que existen bidés y cuchillos eléctricos ni el coño sabe a coño ni el jamón sabe a jamón. A Camilo le gustaban mucho las entrañables animaladas de la España profunda, cierto es, pero no era tan bruto como se hacía, sino todo lo contrario. En el envés de sus ficciones late siempre una ternura por el desvalido, por el débil, y por el tonto de la baba, sobre todo si es tonto de pueblo, y un vivo desprecio por el que abusa de la fuerza, por el injusto y el aprovechado y por el imbécil laureado, especímenes tan abundantes de la fauna hispánica.

Camilo era un animal literario más de distancias cortas que de largas, como todo escritor que aspira a un estilo, pero cuando se fajaba con la novela prefería no recorrer dos veces la misma senda (ahí se ve el literato de raza) aún a sabiendas de que a veces la experimentación no le llevaba a ninguna parte. Quizá nunca cuajó la gran novela que le hubiera gustado, la novela admirable capaz de flotar y navegar en la poderosa estela de Cervantes. Las novelas de don Camilo son casi siempre cortas, como su Pascual Duarte, y para alargarlas tiene que hacerlas corales, trenzando unas docenas de historias que, por separado, serían cuentos (“San Camilo, 1936” o “La Colmena”).

Camilo se forjó su propio personaje para vender y venderse. Algunos dicen que por eso consiguió el Nobel que más hubiera merecido Delibes. Eso son ganas de marear. Le gustaban las mujeres culonas (“de cachas túrgidas”) los diccionarios, las vidas de santos, las tazas de retrete capaces, los nombres y apellidos carpetovetónicos (“don Habacub Cosculluelo”), los perros desvalidos, los burros, los anuncios antiguos, la tortilla de patatas, el jamón en tacos y tirarse cuescos cuando no había delante ropa tendida. Algunas aseveraciones de sus memorias hay que tomarlas por ocurrencia literaria más que al pie de la letra, por ejemplo cuando recuerda a la cabra Petronila que compraron entre cuatro amigos (“nos la estuvimos beneficiando todo el verano y cuando se acabaron las vacaciones la vendimos”), aunque, por otra parte, nunca se sabe. Descansa en paz, Camiliño.

(El mundo - 2002)

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