Bazofia
Mi psicoanalista y mi dietólogo han llegado a un acuerdo tras arduas negociaciones: los sábados puedo saltarme la dieta, diente libre, así que ayer fui al restaurante de mi amigo el cual, en cuanto me ve sentado a la mesa tiene la costumbre de ponerme delante un plato humeante de callos con manitas de cerdo y chorizo para que vaya cobrando fuerzas mientras decido qué voy a comer. Era temprano, no había bulla y se sentó conmigo.
-¿Sabes que cerramos, no?
El fracaso de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer no me hubiera producido mayor estupor que aquella noticia.
-¿Cómo vais a cerrar con los platos tan estupendos que guisáis?
-Ya lo ves. Le traspasamos el local a un burguer americano.
Lo lamenté a título personal, porque iba a perder unas tapas insustituibles, y como patriota y español. A uno le duele España y ve que lo de la recensión económica, el terrorismo y el desempleo son problemas que pueden arreglarse algún día, pero la pérdida de una tradición culinaria ¿quién la arregla? Ahí tienen ustedes el caso de Inglaterra que tuvo su cocina nacional, como cada quisque, hasta que la perdió en el siglo XIX y vean el resultado.
La cuestión es ¿puede progresar un país sin perder su cocina? Los franceses han demostrado que es posible, pero aquí no se ve tan fácil. La comida basura que nos llega de América conquista a nuestra inexperta juventud, le coloniza las papilas gustativas y le echa a perder el gusto. Comida basura. Hasta la expresión es un abominable préstamo del inglés junk food teniendo, como tenemos, en español ese castizo bazofia.
Los niños que deberían heredar dos mil años de tradición culinaria desayunan donuts en lugar de magdalenas, picatostes o tortas de aceite. Los jóvenes se apesebran en establecimientos de comida rápida y comida preparada, enviciados en extraños piensos compuestos atiborrados de estabilizantes, colorantes y porculantes que unas máquinas sin alma regurgitan sobre una cajeta de poliuretano para que el comensal le añada los sabores estridentes de sendos churretazos de mostaza industrial y ketchup y lo engulla con prisa rumiante.
Lloremos sobre la memoria del profesor Grande Covián apóstol sin clientela que predicó en el desierto las excelencias de la dieta mediterránea.
(El mundo - 2002)

