Columnas

General Mola

Cuando yo era niño, las calles de mi pueblo se dividían en dos categorías: las general y el resto. Las general eran buenas o, por lo menos, pasables; el resto, daba pena. Las calles general tenían nombres incomprensibles para mí: General Varela, General Queipo de LLano, General Mola y así. Los nombres de las otras se entendían mejor: Calle Sal Si Puedes, Calle Zumbajarros, Calle Capaperros, Calle Cantarranas, Callejón del Ciego, Callejón Sucio... .

Cuando comencé a ir a la escuela y fui ampliando mi cultura supe, por fin, que general era un grado del ejército, un sustantivo, y no un adjetivo dignificador del sustantivo calle, como había supuesto, y que el General Mola era un militar. El otro día compré la biografía del General Mola que ha escrito Carlos Blanco Escolá. La estoy leyendo y me estoy enterando de la mar de cosas. O sea, que el mérito del general con gafas de concha y aspecto de prefecto de colegio religioso fue principalmente soliviantar a los colegas suyos que veían peligrar sus medallas, sus bandas, sus borlas cortineras, sus pagas, sus ascensos y sus privilegios desde que Azaña, el presidente de la República, decidió modernizar aquel hatajo de gandules, el ejército gendarme, que no servía para defender al país sino para meter en cintura a los obreros. He sabido también del mito del rey soldado que empieza con Alfonso XII, se sigue con Alfonso XIII y así sucesivamente. El reyezuelo y sus espadones organizan una desastrosa guerra colonial para enriquecer aún más a la oligarquía financiera, y para colmar el ardor guerrero del rey y de sus conmilitones codiciosos de ascensos, lo que conduce al matadero de las guerras marruecas.

La calle General Mola, se llama ahora Pintor Picasso. También hubo un general Picasso, por cierto, un contable que investigó las responsabilidades en el desastre de Annual, cuando Alfonso XIII animó al general Silvestre para que realizara una hazaña (aquel telegrama: “Olé tus cojones”) y el tonto de Silvestre se metió en la boca del lobo donde los moros aniquilaron a diez mil soldados de reemplazo españoles. Cuando los moros pidieron rescate por los pocos prisioneros que tomaron, al rey tenista y cazador le parecio excesivo y comentó: “No sabía que estuviera tan cara la carne de gallina.”

Todo eso, y mucho más, en el libro del coronel Blanco.

(El mundo - 2002)

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