Columnas

La Tele

Cuando era niño, en la dura postguerra, un album de cromos, Las maravillas del Mundo, me enseñó lo que era la televisión: una especie de radio con imágenes o un cine en casa, un invento absolutamente futurista en un pueblo donde la electricidad estaba racionada y faltaba el pan. El cromo mostraba una familia viendo la televisión en una salita coqueta, con sillones y sofá de diseño nórdico. En el salón de mi casa no había tresillo: solamente sillas de enea. Además, en el cromo aparecía un niño de mi edad con pantalones largos. Durante un tiempo creí que los pantalones largos y aquellos muebles desconocidos formaban parte del lote. También noté la ausencia de la mesa de camilla, con su brasero invernal, lo que atribuí a que la tele radiaría el calor necesario para mantener a la familia calentita en los meses fríos.

Muchas noches permanecía en la cama, desvelado, pensando en la tele. Seguramente muchos españoles lo hacíamos: se puso de moda una canción que decía “La televisión, pronto llegará...” En mi caso, nunca supe bien si deseaba la llegada de la tele para ponerme pantalones largos o si quería ponerme pantalones largos para favorecer la llegada de la tele. El caso es que, por esas cosas de la vida, la llegada de la tele coincidió con la puesta de largo, la modernización, la europeización de la sociedad española. Un trascendental fenómeno al que seguramente no fue ajena la tele.

Unos años después, cuando yo tenía diez, vi a una muchedumbre aglomerada frente al escaparate de la tienda “Hogar y confort”, en la plaza de San Francisco, en Jaén. Me acerqué y era la tele: una tele enorme, en blanco y negro que la gente miraba fascinada. Un señor a mi lado exclamó: ¡”No sé a dónde vamos a llegar!”

Al principio, en mi ciudad, sólo había unas docenas de receptores y los que no teníamos acudíamos a ver la tele a las casas de los amigos más afortunados. En los pueblos y en los barrios, había teleclubes. Algunos avispados propietarios de bares y cafeterías instalaron recepores en sus establecimientos para atraer a la clientela, especialmente cuando se retransmitía una corrida o un partido de fútbol, lo que paralizaba la vida del país.

Con la tele, tal como yo esperaba, llegaron los pantalones largos y los tresillos. También los primeros frigoríficos, los primeros utilitarios y tantas otras cosas.

En 1963 mi padre compró una tele marca Iberia en la que asistí, andando el tiempo, a los grandes acontecimientos de mi época: la llegada del hombre a la luna, el asesinato de Kennedy, el triunfo de Massiel en Eurovisión y el strip tease medieval de Irán Eory. Yo mismo aparecí en la tele, cuando mi instituto participó en el torneo de “Cesta y Puntos”.

Las teles de entonces eran enormes, unas grandes cajas con una pantalla nada extraplana que a veces deformaba las imágenes. Cuando no era hora de programa (sólo retransmitía por la tarde, después de horas de Carta de Ajuste) muchas amas de casa mantenían el receptor cubierto con la funda de bayeta que facilitaba el fabricante. Yo tenía un amigo muy hambrón que, cuando íbamos al campo de merienda, hacía el chiste de pedirle a su madre “la funda del televisor llena de bocadillos”.

Entonces, en las largas noches de verano, los chicos nos juntábamos en las azoteas plagadas de antenas de televisión (las ciudades y los pueblos se iban convirtiendo en un bosque espeso de antenas) a discutir del progreso, de los raros inventos que salían en la tele: los aviones a chorro (como se llamaban entonces los aviones a reacción), el sputnik ruso con la perra Laika a bordo, o la propia televisión. ¿Quién habá inventado la televisión? Casi todos estábamos de acuerdo en que los americanos, pero había uno, hijo de un antiguo combatiente de la División Azul, que insistía en que la habían inventado los alemanes de Hitler para retransmitir la Olimpiada de Berlín. Los españoles, entonces, no inventábamos gran cosa. Si acaso aquellos filtros tintados de azul por arriba y de color tierra por abajo que se encajaban sobre la pantalla del televisor para, con un gran esfuerzo de imaginación, producir cierta ilusión de color cuando coincidía que la imagen presentaba cielo por arriba y tierra por abajo. Ocurría tan pocas veces que el accesorio fracasó y a los pocos meses desapareció del mercado.

La tele terminó con muchas cosas, incluso con algunas cosas que añoramos. Durante milenios el círculo familiar había sido eso, un círculo, primero en torno a la fogata del lar, luego en torno a la mesa camilla con el brasero. La llegada de la radio, en los años veinte, no alteró la disposición geocéntrica de la unidad familiar, pero cuando llegó la tele, el círculo familiar se abrió en semicírculo, con el receptor en el extremo libre focalizando la atención o simplemente acompañando la vida diaria como uno más. Muchos críticos se quejan de que la televisión acabó con las largas conversaciones familiares en torno a la mesa camilla. A mí me parece una visión un tanto idealizada del asunto. En todo caso también acabó con las amargas discusiones parentales, con la sordida estrechez de la prisión interior de muchas personas que coexisten bajo el mismo techo rumiando rencores, sin nada que decirse.

En fin, yo acabé la carrera y me fui a Inglaterra para ampliar estudios. Allí había ya teles en color y uno podía zapear de una cadena a otra (aunque todavía sin mando a distancia). Yo pasaba el día viendo la tele, me hice un adicto a la tele con el pretexto de adquirir el idioma.

He crecido con la tele y ahora supongo que envejezco con la tele. Cuando estoy en casa, la tele está casi siempre puesta, como música de fondo, mientras yo me dedico a mis quehaceres.

La tele tiene grandes detractores, pero yo siempre la he defendido. Gracias a ella he conocido a gente interesante, he descendido al mar, he buceado entre barcos hundidos –que me fascinan-; he recorrido la sabana africana, las selvas de Brasil, he vuelto a ver las películas memorables que, de otro modo, habría perdido para siempre. La tele me ha acompañado en mi soledad, me ha informado, me ha enseñado, me ha consolado. Es el gran invento de nuestro siglo y la gran educadora de nuestro siglo. Eso he dicho: educadora. Antes, un importante porcentaje de la población española era absolutamente paleta porque nunca había salido del pueblo ni había visto más allá de sus narices. Había gente que no había visto el mar, o un tren, o un rascacielos. Ahora, gracias a la tele, el mundo se ha convertido verdaderamente en una aldea global y las imágenes que esa ventana prodigiosa nos ofrece contribuyen al conocimiento y al entendimiento de la Humanidad. Es cierto que existen programas basura, pero nadie nos obliga a verlos y, en cualquier caso, también son testimonio de la libertad de consumir basura que cada ciudadano tiene. Y, en el otro extremo (para mí) existen programas como Caiga quién caiga, las Noticias del Guiñol, Informe Semanal y Lo más Plus.

O sea, que voto por la tele y sus gentes.

(El Mundo - 2002)

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