Columnas

Irán

El reciente fallecimiento de Irán Eory nos deja un poco más huérfanos a los huérfanos de Franco, a la desventurada generación de los muchachos que nos amamantamos en aquellos pechos verdaderos, los suyos, que emergían, como una cordillera inalcanzable, entre la bruma de la represión nacionalcatólica que nos ahogaba. Nuestra juventud, que un día se albergó entre aquellos muslos poderosos (sigo metaforizando, claro), que retozó entre aquellas piernas ágiles y saltarinas de Iran Eory, se ha quedado huérfana con su muerte. Irán, la muchacha frondosa y verdadera, la muchacha sonriente y cantarina, la que nos conmocionó con aquel fingido strip tease medieval de “Historias de la Frivolidad” (cuando el único strip tease autorizado era el de la pollita de Gallina Blanca), se ha ido para siempre. Uno, alelado frente a la noticia de su muerte en Méjico, a donde emigró de la mano de Cantinflas, ha ido repasando el recuerdo de las sex symbols que fueron en una época cruel en la que chicos y chicas vivíamos en mundos aparte y los coleguis del botellón, el tatuaje, la pastilla y el piercing eran sólo un proyecto lejano en el imaginario maternal de las colegialas con coletas que entonaban “con flores a María” en los colegios de monjas.

Iran Eory y otras pocas sex symbols alumbraron nuestra juventud, al filo de los años sesenta, cuando lo más moderno eran los guateques severamente vigilados y bailar suelto con microsurcos del Duo Dinámico. Irán Eory nos ayudó a mantenernos erguidos e inasequibles al desaliento contra el contubernio clerical y los embates del bromuro. Irán ensanchó libertades. Irán predicó desde las pantallas en blanco y negro sus rotundas verdades en el país de mentira. Irán, sin artificios de siliconas ni costuras, alimentó nuestros sueños en la noche oscura del inmovilismo del Movimiento. Ahora su desaparición nos trae a la memoria el recuerdo de otras que se fueron: aquella luminosa y prieta Margit Kocsis, la rubia que cabalgaba por la playa el caballo blanco en el anuncio de Terry, noble bruto ignorante de lo que llevaba encima; Erika Wallner, la protagonista de Amor a la Española que fuimos a ver no sé cuántas veces sin enterarnos de la película. Aquellas chicas nacidas lejos de la España virtuosa e imperial, aquellas chicas que endulzaban la existencia de los muchachos de un país en el que hasta las putas llegaban vírgenes al matrimonio.¿Ubi sunt?

(El mundo - 2002)

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