El embajador
No diré que leer novelas sea una pérdida de tiempo, lo que sería tirar piedras contra mi tejado, pero, así, en confianza, lo que a mí me gusta es el ensayo. Algunos ensayos pueden ser más apasionantes que la más apasionante novela, con el valor añadido de la verdad que, como todo el mundo sabe, supera a la ficción. Acaba de aparecer Mi embajada ante la Santa Sede de Gonzalo Puente Ojea, diplomático de oficio y teólogo de afición. Este antiguo militante católico que vivió su particular camino de Damasco y se hizo agnóstico es autor de media docena de libros en los que desmonta científicamente el tinglado de la Iglesia e incluso el del cristianismo. Puente Ojea, perito en su oficio, deja que hablen los documentos: nos va presentando, en su debido orden, notas de prensa, notas oficiosas, cartas particulares y hasta susurros percibidos en los salones vaticanos, todo ello con el trasfondo de la canonización de tres monjas asesinadas en la Guerra Civil. Con estas mimbres construye una sostenida intriga, hecha con personajes de carne y hueso que todos conocemos, que mantiene su creciente interés aunque de antemano sepamos el final: que a los dos años de ejercicio, el Vaticano y sus cómplices españoles consiguen que el gobierno español destituya al más fiel y hábil servidor que nunca tuvo España desde aquellos estupendos embajadores imperiales que por defender los intereses de España se cagaban en la antecámara papal y metían los caballos lansquenetes en la Capilla Sixtina. Desde entonces, lamentablemente, este devaluado país sólo ha enviado a la Santa Sede meapilas que han estado más al servicio de la parte contraria (la Iglesia, claro).
El libro contiene perlas que hay que saborear con morbosa delectación. Así el estilo curial de la felicitación navideña que el preboste del Opus le envía al descreído embajador: “Querido amigo: Monseñor Álvaro del Portillo, Presidente del Opus Dei, desea una santa Navidad, y acude a la intercesión de la Santísima Virgen y de San José, para que Nuestro Señor Jesús colme nuestros corazones de las inonmensurables gracias que nos ha obtenido al nacer en Belén. Estos días les encomendaré con gran cariño, a Vd. y a todos los suyos, en mis oraciones delante del Nacimiento, acudiendo especialmente a la intercesión de nuestro santo Fundador. Le abraza y queda suyo, Alvaro del Portillo.”
En fin, un libro sin desperdicio, interesante e instructivo. Me lo lean.
(El mundo - 2002)

