Columnas

La jugada

Esta madrugada, desvelado por los cohetes rocieros que retumban en los cielos de Sevilla pregonando el fervor a la Blanca Paloma, me he puesto a pensar en el Estado presuntamente laico y todo eso. En 1979 el Estado español firmó varios acuerdos de cooperación con la Santa Sede que habían negociado técnicos franquistas en el periodo preconstitucional (1975-1978). Lo que hicieron estos negociadores, todos gente de misa dominical, fue prorrogar los abusivos privilegios que el Concordato de 1953 concedía a la Iglesia. UCD, gente de misa mayormente, aprobó aquel tinglado y se pasó por el arco del triunfo eso de que “ninguna confesión tendrá carácter estatal” que dice la Constitución. Llegaron los socialistas, jóvenes, inseguros del terreno que pisaban y deseosos de tranquilizar a los católicos y, a pesar del abrumador apoyo de las urnas, en lugar de revisar el caso crearon la Comisión Iglesia-Estado para discutir con la Conferencia Episcopal de poder a poder, poniendo, ingenuamente, la Iglesia al mismo nivel del Estado. Incluso renunciaron, sin compensación alguna, al privilegio franquista del “patronato regio”, que concedía al Estado el derecho de vetar a los obispos inconvenientes.

La Iglesia, un gran negocio multinacional que ya dura dos mil años y que sabe más por vieja que por Iglesia, sólo se ha visto apurada en dos ocasiones: en el siglo XVI, cuando, de pronto, media Europa se tornó prostestante; y a mediados del siglo XIX, cuando la ciencia y los estados modernos se conjuraron para arrancarle careta y privilegios. En el siglo XVI, la Iglesia, alarmada, reunió el concilio de Trento en el que se acordaron sabias medidas que le permitieron recuperar buena parte de la clientela. En el siglo XIX, el nuevo Trento, el Concilio Vaticano I, resultó menos afortunado y la Iglesia perdió gran parte de sus privilegios y clientela en casi toda Europa. El Vaticano I decidió intensificar el papel de la Iglesia en la educación de la infancia y de la juventud, especialmente en la de las clases altas, su mejor cliente. Por eso nacieron (y hay) tantas órdenes e institutos docentes.

La Iglesia, cuyo negocio consiste en vender una prolongación de la vida tras la muerte, sabe perfectamente que esos dogmas y esas creencias absurdas en las que se sostiene el tinglado hay que inculcarlas en el individuo cuando todavía está tierno y no razona, porque, llegado a la edad de la razón ¿qué catecúmeno daría crédito a semejantes patrañas? Ahora el gobierno, crecientemente opusino y clerical, nos cuela el gol de que costeemos la enseñanza y el sostenimiento de la Iglesia con dineros públicos. Cojunuda la jugada, monseñores.

(El mundo - 2002)

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