Carísimo
En este país de hidalgos los ricos nunca han reparado en gastos para darse gusto. También es verdad que el libre fornicio siempre tuvo más impedimentos que en otros lugares. A don Rodrigo, último rey godo, su encalabrinamiento con la bella Florinda le costó nada menos que el reino (y a sus súbditos, una Reconquista de ocho siglos) ¿Cabe mayor dispendio? Si los reyes y nobles tiraron la casa por la ventana, los religiosos no le fueron a la zaga. Ya en 1228 el viajero Juan de Abveville observó que el clérigo español era más ardiente que sus colegas europeos y, en el siglo XIV, las Cortes tuvieron que prohibir el excesivo gasto de las mancebas de los clérigos que se lucían “con grandes quantías de adobos de oro y plata”. Hubo casos tan extremados como el del prior del convento de la Merced, en Valladolid, encaprichado con una dama de lance, la Fonseca. “En tanto grado la quiere que las paredes del monasterio desuella para dalle” observa un clérigo contemporáneo sin asomo de crítica.
La gente de a pie también gastaba cuanto podía en el deleite. La alcahueta madrileña Margaritona, procesada en 1656, tenía un libro con retratos de las chicas de todas clases hechuras y condiciones, para satisfacer a clientes pudientes. Esto era alto standing. Más abajo estaban las mancebías, llamadas “berreaderos” en jerga canalla, en las que algunas internas ganaban hasta cinco ducados por prestación. Muchos afortunados que habían heredado o ganado al naipe recurrían a las amesadas, (o sea, contratadas por meses) para gozarlas en exclusiva mientras durara el parné.
El dinero que mueve el sexo no es cosa de ahora, sino de siempre. Recordemos que en la más mísera postguerra, cuando pocos españoles disfrutaban de vivienda propia, la hermosura de una mujer se ponderaba con la expresión: “Está como para ponerle un piso.”
(El mundo - 2002)

