Columnas

Gazpacho IV

Nuestra ya tradicional columna veraniega sobre el gazpacho se tiñe esta vez de intención política en vísperas de la cumbre de Sevilla. El gazpacho figura en el menú de las jornadas, aunque no se obligará a tomarlo a aquellos que abominen del ajo, los que procedan de las septentrionales regiones que Roma no se esforzó en civilizar. En mis años británicos, una otoñal dama inglesa que me alojó temporalmente, mientras encontraba un piso de alquiler, lo primero que me advirtió fue que los ajos estaban prohibidos en su casa. La dama tenía una idea muy peculiar de los españoles. Cuando tuvimos más confianza, que nunca fue mucha, me sacó una baraja del tarot presuponiendo que yo, siendo español, sabría echarle las cartas. Como uno es servicial, no la defraudé: se las eché y todo lo que le salían eran desgracias. Entonces la dama, aterrada, me preguntó: ¿Y no conoce usted algún conjuro para alejar la mala suerte? “Conozco muchos, dije, pero desgraciadamente todos son a base de ajo”. Aquella noche nos fuimos a la cama (cada uno a la suya, claro) después de una larga conversación, a la luz crepitante de la chimenea, acerca de las virtudes mágicas del ajo. Al día siguiente, la señora fue a una tienda especializada y se presentó con una hermosa cabeza de ajo griega. La hubiera preferido española, de Jamilena a ser posible, esos ajos morados, potentes, que te producen un resquemor en el pedo, pero me apañé con el griego para hacerle un gazpacho, flojito, dado que la dama era ajocantana. Los primeros sorbos los tomó como medicina, pero luego se fue animando y, a los cuatro días, me pedía gazpacho de primero siempre (había dejado la cocina en mis manos) e incluso, meses después, cuando yo ya vivía en piso propio, reunió a su círculo de amigas viudas para obsequiarlas con el gazpacho que le hacía el caballero español. Al principio lo cataron remilgosas, luego, ya más lanzadas, hasta repitieron. Una de ellas, cincuentona, algo afogarada -se acercaba la primavera- manifestó haber probado el gazpacho en Mallorca durante unas vacaciones con el difunto, aquí compuso una fugaz carita triste, pero no le había gustado. El mío, en cambio, le gustaba tanto que hasta me pidió la receta y yo se la puse por escrito añadiendo mi número de teléfono, por si me tenía que consultar alguna duda. Antes de despedirnos le hice una última recomendación: A estas comidas ancestrales lo que hay que ponerle es mucho amor (love) y con esa palabra en los labios nos despedimos. Que el gazpacho una y remedie a la gente que se va a juntar en Sevilla..

(El mundo - 2002)

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