Columnas

Hortera

Viajando por la costa se me hace de noche y tengo que pernoctar en un hotel turístico. Las palmeras de la entrada están adornadas con luces de colores, pero llego tan cansado que ignoro la señal. En el vestíbulo, una gran jaula dorada con media docena de papagayos parlanchines, quizá drogados para que efectúen mejor su oficio exótico. Unos tresillos con huéspedes ingleses despatarrados, en calzonas y camiseta astrosa, unos con chanclas y otros descalzos, bebiendo cerveza. La recepcionista, vestida de boy scout me hace la ficha. Hay un cuadro de honor con marco dorado: los empleados que mejor trabajaron para la empresa en el mes pasado. Un pinche de cocina llamado Ambrosio Lentejo me sonríe con una sonrisa falsa y unos ojos tristísimos. “Me hago cargo, hijo –le digo- de lo que se ve obligado uno a hacer para ganarse los garbanzos: hasta posar para la foto de la entrada”.

Me dan una tarjeta que abre la puerta de la habitación al quinto intento, pero, como voy apurado, me meto en unos retretes que encuentro por el camino. Hay una puerta basculante como la de los salones del oeste y una fuente de mármol que, cuyos chorritos estimulan la micción y captan clientela del pasillo transeunte. A un lado la puerta de las damas, con un azulejo que representa a una romántica de sombrilla y guantes; al otro, la de los caballeros, con un señor de frac. Entro y me doy de bruces con un amplio salón de paredes en zig zag forradas de espejos: en unas hay lavabos, en otras dispositivos mingitorios en forma de huevo. Me arrimo a uno de ellos y orino. Mientras lo hago, con morosidad prostática, miro mi imagen en postura nada airosa reflejada en cincuenta espejos, en unos casi de frente, en otros casi de espaldas, lado izquierdo, lado derecho. Este espacio, que debiera cuidar cierta intimidad, reflexiono, qué manera de pregonar miserias. En fin...

Un pasillo estrecho cuyas luces se van encendiendo a mi paso. En el techo plafones de un arte indefinido, quizá gótico hindú, de escayola y purpurina. En la habitación una tarjeta me advierte que si quiero llevarme alguna toalla como recuerdo puedo pagarla en recepción: la camarera que arregla el cuarto es responsable de las perdidas ¿La desterrarán para siempre del cuadro de honor? Con esa duda me duermo.

Bárbaros morenos nos invaden por el sur; rubios, por el norte. ¿Quién me mandará a mí viajar?

(El Mundo - 2002)

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