Columnas

Rocío Jurado

Ha muerto la última de las grandes, Rocío Mohedano Jurado, “La bestia magnífica” como la llamó, rendido a su arte, Terenci Moix.

Rocío personificaba el tópico de la folklórica, la chica humilde que se abre camino desde una infancia menesterosa y que, gracias a su arte, se encumbra hasta las cimas de la popularidad. Hija de un humilde zapatero de Chipiona (Cádiz), criada en la tienda de comestibles de su abuela, en el vecindario de un pueblo del sur, Rocío vivió plenamente los años de la postguerra hambrienta y menesterosa en la que la radio y la copla suministraban a los españoles una evasión sentimental.

Rocío se educó cantando el repertorio de las folklóricas en boga entonces, la generación que la precedió (Juanita Reina, Marifé de Triana, Lola Flores…), pero también en el musical americano, en la imitación de Esther Williams, en un inglés que la muchacha maullaba a su manera por las playas de Chipiona. Ese toque de ecléctica modernidad se resolvería luego en una sorprendente versatilidad y en su deseo de experimentar todos los estilos, el amplísimo repertorio que oscilaba desde los palos más canónicos del flamenco (el fandango de Huelva, los tanguillos, incluso una ópera flamenca Ven y sígueme, con Juan Peña el Lebrijano y el recitado) hasta la canción moderna pasando por todas las variaciones intermedias y personales, jipíos, suspiros, quizá aprendidas de la sintaxis del jazz. Su garganta y sus pulmones daban para todo eso y para más. Fue la folklórica de más amplio repertorio, aunque éste fatalmente incluye algunas canciones de menor cuantía, meramente comerciales, entre ellas algunas de Manuel Alejandro, francamente prescindibles que, sin embargo, ella mejoraba al cantarlas insuflando fuerza y desgarro a las letras anodinas.

Con diecisiete años convence a su padre para que la deje probar fortuna en Madrid. Allí asiste a las lecciones en la academia del maestro Quiroga mientras se costea la pensión actuando por la noche como palmera en el tablao de “El Duende”, propiedad de Pastora Imperio. Pronto hace sus primeros pinitos cantando en público. Consigue algún papelito en el cine, que demuestra su validez ante la cámara, aunque sólo le ofrecieron papeles mediocres en películas anodinas. Crece su estatura artística. Graba su primer disco. Le escriben canciones Rafael de León y Juan Solano. Se incorpora a las compañías del Príncipe Gitano y de Manolo Escobar en gira por provincias. En 1969 salta a América donde, en 1982, ganará el premio de la Asociación de Cronistas de Espectáculos de habla hispana de Nueva York.

A mediados de los setenta Rocío era admirada por su arte y por su belleza, especialmente por su busto (el trasero y las piernas le flaqueaban). En los últimos años de Franco es fama que la esposa del dictador, doña Carmen, celosa guardiana de las esencias morales, vigilaba las apariciones televisivas de Rocío y telefoneaba al programa exigiendo que la cantante apareciera con un chal que mitigara la exhibición de sus parejos encantos. Muerto Franco, en los tiempos del “destape”, Rocío lució su belleza en reportajes de las revistas Fotogramas e Interviú. La película La querida, que ella protagonizaba, alcanzó notoriedad por sus problemas con la censura.

Medianamente famosa, Rocío se casa con el boxeador Pedro Carrasco el 5 junio de 1976, en el santuario de la Virgen de Regla, de la que siempre fue muy devota. En lo sucesivo fue más afortunada en su vida artística que en la sentimental. En los años ochenta era la folklórica más popular y casi la única en su clase, seguida a cierta distancia por Isabel Pantoja.

En ocasiones me he sentido y me siento víctima del tópico andaluz –confesó en una entrevista-. Todavía no se ha enterado mucha gente de que no sólo soy la flamenca o la folklórica -que lo soy y me gusta, no como tópico sino como autenticidad de mi tierra-; pero no solamente soy eso. Soy una cantante que, además, siento otro tipo de música y también la canto para otro tipo de público”. Descanse en paz una gran artista y una gran persona.

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