Columnas

Lo que ha cambiado España

Treinta años ya y parece que fue hace treinta siglos cuando murió el general Franco y media España hizo cola para dar el pésame mientras la otra media agotaba las reservas de vino espumoso en los supermercados. La historia de España metió el turbo y aceleró. Entre la voladura de Carrero Blanco y el triunfo electoral socialista media un decenio escaso, el decenio que nos dejó sin aliento. Las cortes franquistas consintieron en practicarse el hara-kiri si la democracia futura corría un tupido velo sobre los abusos del Régimen; la famélica legión que llevaba cuarenta años predicando la revolución futura acató la componenda y se declaró monárquica y olvidadiza. Tras el compás ucedeo, Alfonso Guerra prometió: “Vamos a poner España que no la va a conocer ni la madre que la parió.” Y aquí tenemos un país, o nación, que no se parece en casi nada al que fue hace treinta años. El mérito no ha sido sólo de los socialistas, sino del pueblo español en pleno, que ha evolucionado tanto que, en algunos aspectos, incluso ha superado a sus modelos europeos.

La transición (o transacción) cambió las instituciones; la sociedad alteró el resto. Una nueva religión naciente, el consumismo, se ha apoderado de las respectivas clientelas del cristianismo y del comunismo, las dos grandes religiones tradicionales en Occidente. Los fieles desertaron de iglesias y romerías para abarrotar con fervor neocatecúmeno hipermercados, centros comerciales y mercadillos al aire libre. Los jefes de ventas, sacerdotes de la nueva religión que tiene por profetas a economistas pagados por multinacionales, nos han venido el paraíso terrenal en cómodos plazos y han instalado hornacina devocionario en las covachuelas del cajero automático. El rosario en familia se sustituyó por el concurso televisivo con rifa de apartamento en Benidorm; el escapulario de la Virgen del Carmen, por el logotipo de las marcas favoritas; los primeros viernes de mes, por el vencimiento de las letras y los plazos; el ayuno cuaresmal por la dieta preveraniega; las indulgencias, por los bonos-regalo de los grandes almacenes. Las guerras de religión, es decir, las contiendas ideológicas, quedaron relegadas a países tercermundistas (aunque nadie puede asegurar que no las importemos en el próximo futuro, con el asalto inmigratorio de la valla alambrada y el desembarco de la patera) El progreso acarreó la caída del muro de Berlín, la del comunismo, la de la guerra fría y la de las ideologías; el antiguo rojo hocica lomo contra lomo junto al banquero en el espacioso pesebre de la urna electoral. Algún bufido agresivo se alcanza a oír, pero es a título testimonial, por contentar a las bases, y luego renace la calma. Todo el mundo acata el oráculo del Fondo Monetario Internacional y se somete a los ejercicios espirituales, con cilicio, de la reconversión industrial y de la mundialización. El vuelva usted mañana del funcionario vago se ha sustituido por el más aséptico y efectivo número de atención al cliente que nos dispensa música mientras corre el contador. Nadie se mete con nadie, todo el mundo disfruta de coche con turbo, de frigo, de televisor en color, de cuarto de baño alicatado hasta el techo, de michelines y bicicleta estática. Los jóvenes contestatarios que andaban cuando entonces con melenas, barbas, trencas y pantalones acampanados, (las chicas con botas y faldas hasta media pierna, entre hippies y lib) se han transformado en jóvenes rapados, tatuados, taladrados (el piercing) y consumistas. Los adultos que entonces vestían de adultos, traje los hombres, vestido enterizo y permanente teñida las mujeres, se desviven hoy por prolongar la segunda juventud hasta la cincuentena, cautivos de la publicidad. La indumentaria y los modales juveniles se han extendido a toda la pirámide de la edad (pirámide invertida por cierto):“un joven de treinta años…” leemos en los periódicos. Los adolescentes han sustituido el coctel molotov por la comunal litrona, se educan con los anuncios, dado que ni la familia ni los centros escolares tienen autoridad para educarlos, y aspiran a consumir y poco más, abjuran de periclitadas rebeldías y aspiran a vivir de los padres hasta que puedan vivir a costa de los hijos. Los que intentan labrarse un futuro se enfrentan a la escasez de vivienda y a la escasez de trabajo dignamente remunerado (por supuesto, quieren saltarse los aprendizajes impecunes con los que empezaron sus padres). Algunas veces lo consiguen porque el estado del bienestar, o lo que queda de él, consiente que una parte de la población viva sin dar golpe a costa de la seguridad social.

Mientras tanto Europa, Expaña (la de los estatutos y autonomías) contempla sin reparo, como la ciudad alegre y confiada de Benavente, la invasión todavía pacífica del tercer mundo en pateras o escaleras de mano, los nuevos esclavos que vienen a hacer el trabajo que los amos desprecian. Ya ocurrió otra vez, cuando el imperio romano, pero es una lección olvidada, especialmente en este país, antes España, que ha pasado de la historia manipulada del franquismo, la de Isabel y Fernando falangistas, a la historia-ficción de los nuevos planes, en los que la desinformación no ocupa lugar.

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