Columnas

Jaén, la bella desconocida

Cada otoño, cuando llega el tiempo de las castañas y la aceituna renegrea y pesa en el olivo, regreso a Jaén para cenar jocosamente con la Cofradía de los Amigos de San Antón. Ha llovido y el aire limpio y transparente te deja ver una lejanía de colinas verdes, olivares y olivares, que trasponen en el horizonte. Por este bosque ordenado llego a mi primera parada, Arjona, donde compro los mantecados del año. Luego, más olivar, con la pirámide de la peña de Martos recortada sobre el azul purísimo, y, al rato, por fin, Jaén tendido al sol sobre la peña verdigrís.

La cena jocosa de este año se celebra en el parador del castillo de santa Catalina. Subo temprano para contemplar el paisaje de cerros y montañas, esos viejos amigos que conozco y saludo por sus nombres particulares: Mágina al fondo, entre brumas, con el surco del Guadalquivir a la vera y el caserío de Baeza blanqueando como una bandada de palomas remotas; más cerca, el agreste Zumel, las Peñas de Castro, Jabalcuz, la Mella, la Pandera... “Cuando Jabalcuz tiene capuz y la Pandera montera, lloverá aunque Dios no quiera”...

Y al pie del monte, casi a vista de pájaro, Jaén, desparramada con sus tejados rojos, sus jardines verdes, sus callejas retorcidas y tortuosas de los barrios antiguos; las calles rectas y las avenidas de los barrios modernos. La mirada, que es también caricia, repasa los cipreses enfilados del Portón de los Leones, se desliza por el caserío blanco de la Alcantarilla, de la Merced, de san Ildefonso, de san Juan, las casonas labradoras en los entornos de la catedral, los modestos tejados oscuros de los barrios menestrales de la ciudad medieval que terminan en las murallas y en el cerro verdigris.

La catedral como un arca dorada, como una alta dama en su trono, como una nave arbolada que atravesó el verde océano. De ella parte la calle Maestra, el eje de la ciudad medieval, camino de la puerta de Martos. Ensartados en este collar, los joyeles secretos de la dama: el palacio del Condestable, la plaza de la Audiencia, el palacio de Villardompardo, con sus baños árabes y sus museos etnográfico y de pintura naif; la antigua universidad de santa Catalina, con su hermoso patio renacentista y su archivo; la Santa Capilla donada por Gutierre Dolcel, el protonotario del papa (al que los lansquenetes colgaron de sus partes, durante el sacco di Roma para que declarara el paradero de los tesoros papales, pero él murió si decir palabra); la plaza de la Magdalena, con su iglesia medieval, su patio de la antigua mezquita y su manantial, la guardida del terrible lagarto que aterrorizaba a la ciudad, según la leyenda.

Más abajo, a media altura, el Jaén de mediados del siglo pasado, la ciudad levítica de mi juventud, un poco funcionarial, un poco rentista, un poco hortelana, con sus edificios modernistas de la Carrera y sus casas castellanas de piedra y arcos, las pocas que subsisten.

La mirada desciende a la llanura de huerta y olivos que invadieron los barrios del ensanche y los polígonos industriales de la ciudad moderna, los bloques de muchos pisos, los residenciales a medio estrenar de casitas acosadas y barbacoa en el jardín, las amplias avenidas, los talleres, los polideportivos, los hipermercados, el campus universitario y los hospitales en los que bulle la ciudad moderna.

Los años, mis años, ya pasado el ecuador del medio siglo, propenden a la nostalgia de lo que fue y de lo que fuimos. Pero aquél ”fue un tiempo malo”, como en el verso de Machado, y Jaén ahora se esfuerza por superarlo. El presente, con todos sus problemas, es más prometedor en esta tierra, entre andaluza y manchega, que, tras la decadencia del siglo XVII y la languidez provinciana hasta bien entrado el XX, despierta ahora de un largo sopor, despereza su músculo entumecido y se incorpora inquieta y laboriosa a los nuevos tiempos.

(El Mundo - 2002)

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