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Caníbal

Este artista chino, Zhu Yu, que se come un feto humano de seis meses delante de una cámara de vídeo, ha superado estéticamente a Richard Wallfoot, el inglés que expende latas de conserva con la mierda del artista, o sea, su propia mierda, o a Marghareta Zull, la que vende abstractos emborronados con su sangre menstrual y nasal. Por lo que he observado en las fotografías Zhu Yu prepara sus niños a la parrilla, lo que, desde el punto de vista gastronómico, es correcto, la misma preparación que destinaban los connoisseurs romanos a los fetos de liebre, la que se da al lechón en los acreditados fogones se Segovia y otros de la ancha Castilla. Al hilo de las performances artísticas de Zhu Yu, se ha divulgado que el consumo de fetos o bebés es práctica habitual en algunos lugares de Extremo Oriente. No sé qué habrá de verdad en ello. Quizá los turistas europeos, con su carga de prejuicios, confunden con bebés los monitos asados que forman parte de los hábitos gastronómicos de algunos lugares. En cualquier caso en Occidente tampoco se le ha hecho muchos ascos. Don Enrique de Villena, en su “Arte Cisoria”, alaba la carne de hombre, buena para las quebraduras; en las Partidas (V partida, Título XVII, Ley VIII) se autoriza al alcaide que esté cercado en su castillo y “fuesse tan coitado de fambre que non ouiesse que comer, puede comer al fijo, antes que diesse el castillo sin mandato de su Señor”. Y qué decir de la beata de Morella que, en el apuro de preparar un almuerzo para san Vicente Ferrer, cuando echó mano a la despensa y vio que no tenía nada, le sirvió a su propio bebé asado, pero el santo resucitó a la criatura y ayunó. Las hambrunas, tan frecuentes en Europa en los siglos medievales, y aún después, estimularon el canibalismo. En distintos países la carne humana figuró en la dieta habitual, incluso en algunos mercados franceses se vendió carne del animal que, eufemísticamente, se denominaba “cordero de dos patas”. Y ¿qué decir de aquellos mercenarios europeos, los Trudentes, que durante la primera cruzada horrorizaban a los sarracenos porque, después de cada batalla, se comían las mejores tajadas de los enemigos caídos? Podríamos seguir con el tema, que da mucho de sí, pero tampoco es cosa de estimular el apetito del lector al que imagino a dieta, después de los excesos navideños. En fin, sólo quería dejar constancia de que una carne tierna y grasa lo que pide es parrilla, y que el chino Zhu Yu puede ir descaminado en su concepto del arte, pero en su práctica culinaria se muestra de lo más ortodoxo. Que aproveche.

(El Mundo - 2003)

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