Habilidades
Tenía yo, en mi remota juventud, un profesor de Formación de Espíritu Nacional, don Crescencio, que admiraba a los duques de Windsor porque la historia de amor que vivieron, tan intensa y verdadera, demostraba que el amor existe, que no es un mito romántico. El duque de Windsor había sido rey del imperio británico durante un año y luego había renunciado al trono por el amor de una americana huesuda y francamente fea, la señora Wallis Simpson, dos veces divorciada, antipática y caprichosa. La señora mantenía un idilio paralelo con el embajador de la alemania nazi, Von Ribbentrop, que le enviaba cada día diecisiete claveles. El servicio secreto creía que los claveles recordaban otras tantas cohabitaciones en sólo una noche. Existen fundadas razones para sospechar que el principal, y quizá único, atractivo de la señora Simpson estribaba en su dominio de técnicas sexuales orientales aprendidas, tiempo atrás, en un burdel chino, especialmente la llamada Cleopatra´s grip, o presa de Cleopatra que consiste en el entrenar el músculo de la vagina para que apriete el pene o pilila en una especie de movimientos peristálticos la mar de gustosos. Los duques de Windsor coqueteaban, no sólo sexualmente, con la Alemania nazi, por lo que Churchill los envió a las Bahamas para evitar que enredaran. En las paradisíacas islas, los duques amistaron con un negrazo y lo pusieron a su servicio como criado para todo. Mientras Europa ardía en la Segunda Guerra Mundial, la pareja (ahora trío) siguió con su vida desenfadada y alcohólica, como una balsa de felicidad que sobrenadara un océano de miseria y dolor, el secreto encanto de las monarquías. El caso es que, andando el tiempo, don Crescencio, vuelvo a mi profesor, el que estaba prendado de los duques de Windsor, vivió su propia y desastrada historia de amor (y supongo que de celos, o de desamor) porque mató a su amante otoñal en el cuarto de baño de la casa solariega donde vivían y luego se pegó un tiro. Encontraron los cadáveres, superpuestos y confundidos en su consunción, meses después.
Hace un rato, en el quiosco de prensa de un aeropuerto, he visto un libro de Rosa Montero sobre amantes famosos que trae a los duques de Windsor en la portada. Pergeño estas líneas en el margen de un periódico, por distraerme en algo mientras el avión despega, acojonadillo, que esto de volar es querer adelantarse a Dios, como le tengo dicho a Juan Sol.
(El mundo - 2003)

