Columnas

Jaén, tierra de momias

Un señor de Bristol que ha leído mi novela "Catedral" me escribe solicitando información sobre la momia de Don Alonso Suárez de la Fuente del Sauce, el obispo insepulto de nuestra Catedral, y me dice que está dispuesto a peregrinar a Jaén por el placer de saludarla y presentarle sus respetos. Por lo visto, y sin mediar provocación alguna por mi parte, ha tomado al pie de la letra la licencia mía, quizá reveladora de alguna sospecha subliminal, de que en Jaén deambulan las momias por la calle y cruzan la plaza de San Francisco, donde más se espesa el tránsito, entre la Catedral y la Diputación, entrando y saliendo de las nobles estancias de entrambos monumentos como en las crónicas de Cunqueiro. Se ve que mi británico corresponsal no está ducho en el realismo fantástico o como demonios llamen a estos recursos los doctorandos que de cara al 92 ultiman tesis sobre la novela hispanoamericana. Le contesto que si se decide a visitar esta honrada y hospitalaria ciudad tendrá que conformarse con admirar la momia del jamón del Gorrión, donde, para compensar la parvedad del objeto, que no sé si merecerá las fatigas de un viaje con trasbordo en Espeluy, me ofrezco a convidarlo a unas copas de vino añejo y a una tapita de bacalao (también momia, pero de pez cuaresmal, papista, no sé si apto para el paladar anglicano). Con pesadumbre lo informo de que la momia de don Alonso no está expuesta a la morbosa curiosidad pública ya que en esta tierra lo que sobra es hidalguía y para que se la enseñen a uno hay que ser señora de Franco, por lo menos. A lo mejor ya ni aún así. No sé yo si ahora se la enseñarían a la otra Carmen, quiero decir a la señora de don Felipe González, en el supuesto de que se le antojara verla, tampoco creo que sienta esa curiosidad, parece que es una mujer moderna que se interesa por otras cosas. Yo tengo que reconocer que no he visto la momia nada más que en las fotografías que hizo Ortega cuando lo de la franca. No obstante, no pierdo ocasión de escribir sobre el famoso prelado, a lo mejor porque me fascina la belleza de su nombre, permitanme que lo escriba otra vez: Don Alonso Suárez de la Fuente del Sauce; !qué eufonía! Esta majestuosa sarta de palabras es sólo comparable, en román castellano, a la del nombre de un pueblo, Madrigal de las Altas Torres, villa de Avila, partido judicial de Arévalo, donde vino al mundo Isabel la Católica, admirable reina y contradictoria mujer, como se manifiesta en el hecho de que falleciera antes que su marido. Su momia se conserva, enlatada en ataúd de plomo, en la catedral de Granada.

Pero lo que interesa a mi comunicante es la momia de nuestro obispo insepulto y sospecho que lo que le atrae de ella es el morbo de su historia, eso de que don Alonso fuera inquisidor general y, sin embargo, duerma en su último retiro con un libro de profanos versos latinos sobre el reseco costillar, y lo de que haya pleito sobre su destino definitivo desde hace cuatro siglos y que tanto dure la provisionalidad del entierro del prelado en una cajonera de la capilla mayor de la catedral. A mi amable lector británico le parece que una situación semejante sólo puede producirse legítimamente en Inglaterra, tan amante de sus tradiciones, donde, no obstante, como humildemente reconoce, andan escasos de momias y, quitando las egipcias y las incaicas del Museo Británico, todas ellas de importación, rapiña arqueológica, prácticamente puede decirse que no tienen ninguna. Esta anomalía, lo disculpo yo, puede que sea imputable a una cuestión climática y no a error humano. A las momias le van los climas secos y cálidos, que favorecen la deshidratación, o muy fríos, casi helados, y, en entrambos casos, los lugares bien ventilados, oreados por los vientos. Jaén por ejemplo. Jaén es tan excelente tierra de momias como de olivas. No obstante, en mi deseo de complacer a mi amable comunicante y por si se decide a desenterrar los aspirantes que pueda ocultar en el jardín de su casa, costumbre muy británica, le ofrezco desinteresadamente la fórmula de momificación que el doctor Pedro Ara utilizó con el cadáver de Evita Perón, la famosa heroína de la ópera rock que a lo mejor tuvo tanto éxito en Inglaterra porque circularón fotografías de la momia de Paloma San Basilio perfectamente maquillada con esa nariz respingoncilla tan aparente, de pecho nada, no nos engañemos, pero el muslamen ágil y bien torneado y el culo en su sitio, lo cual es galardón en tierra de culibajas. Para ello, para momificar a la bella antes que el tiempo muera entre los brazos, hay que deshidratar el cadáver en alcoholes cada vez más puros y luego se sumerge en xilol y finalmente en parafina a 57 grados. Si mi amable comunicante se anima, con un poco de industria y no excesivo gasto, a la vuelta de unos años puede hacerse con una hermosa y original colección que incluso pudiera interesar a algún programa cultural de la BBC. Existen ilustres precedentes históricos. Sin ir más lejos, en el inventario de los bienes de Josefina, la mulatona refinada que derrotó a Napoleón entre las sábanas del sacramental himeneo, figuran dos momias egipcias enteras y la cabeza de otra. (El inmortal corso le consentía estos caprichos a cambio de que ella dejara de lavarse el tete dos días antes del solicitado débito conyugal pues, al parecer, a Napoleón le encantaba el hedorcillo del faisandé).

Todo esto me ha llevado a recordar, con el otoño indeciso en que parece diluirse la entrada de la primavera, otras historias de difuntos, un tema tan español.

Los que padecemos la cuarentena del cuarentón somos hijos de un tiempo en que los difuntos se vendían por fascículos -el brazo de Santa Teresa, el de San Francisco Javier, la cabeza de San Gregorio, los restos de San Jose Antonio a hombros, entre antorchas, banderas al viento, camino del Escorial- y el nacionalcatolicismo imperante trasegaba sus cadáveres de un lado a otro por la irredenta geografía española de las Enciclopedias Alvarez, y las jerarquías locales se tocaban de brillantina y salían a recibir a los fiambres al yugo y las flechas donde empezaban los pueblos, con sus uniformes blancos y sus camisas azules. Hoy ya los difuntos ilustres viajan poco pero, en algunos lugares aún se muestran a sus devotos que para eso pagan. Por ejemplo, la momia de don Jaime II, sepultada en la catedral de Mallorca era, al menos hace unos años, un hervidero de turistas. Las de los amantes de Teruel, tonta ella y tonta él, es decir, poco más que sus huesos, se pueden escudriñar en la capilla de la iglesia de San Pedro, bajo las estatuas yacentes que les cinceló Juan de Avalos. La momia de San Isidro Labrador se muestra cada año, por la fiesta del santo, en su iglesia de la calle de Toledo con gran éxito de público y de crítica.

En Sevilla, donde resido, tengo vistas dos momias, la de San Fernando, que se manifiesta a la veneración de los fieles en la capilla mayor de la catedral la onomástica del santo, y, en el convento de Santa Inés, las monjitas reposteras, benditas manos, dejan ver la momia de doña María Coronel, la dama del tizón, una santa María Goretti a la española que "estando su marido ausente, vínole tan grande tentación de la carne, que por no quebrantar la castidad y fe debida al matrimonio, elegió antes morir, y metiose un tizón ardiendo por su miembro natural, de lo cual murió..." Sólo imaginar el casto cauterio que se aplicó la virtuosa dama produce repelucos por las partes. Por cierto que el personaje histórico fue identificado por un genealogista jiennense del siglo XVI, Juan Pérez de Moya, natural de Santisteban del Puerto.

El cuerpo incorrupto de Sor María de Jesús, la monja consejera de Felipe IV a la que el monarca lloriqueaba y ella le daba gran consuelo en sus cartas y lo reprendía con maternal severidad, está expuesto en el convento de la Concepción de Agreda. Hay otras momias desencuadernadas del mucho uso: la de Santa Teresa tiene el corazón en el convento de Alba de Tormes, dentro de artístico relicario. En Avila otro relicario contiene un dedo de la santa. No piense el lector que la manifestación de difuntos con fines edificantes es cosa privativa de España. En Italia se da más. Allí casi todos los conventos le han puesto urna a la momia del fundador. Es el caso de Santa Clara de Asís, fallecida en 1253, de Santa Catalina de Siena (1380); de la otra Santa Catalina, la de Vigni (1465), que sigue de cuerpo presente en la casa de las clarisas de Bolonia. En algunos le muestran al visitante más de cien difuntos, en sus cueros o vestidos, puestos en fila como para revista, cada cual con su gesto. Los desnudos suelen, eso sí, ocultar las partes pudendas detrás de una cortinilla de modestia, lo que evita chanzas de gentes zafias y desconsideradas que no se percatan de que, con la desecación de los tejidos, todo volumen experimenta una merma considerable. Quien sabe si la mínima pilila de la momia del faraón Tutankamon fue en el siglo tan robusta y afamada como el apéndice del hornero de los Caños de la mitología jaenera. (El avisado lector no se llamará a engaño: la poya del panadero es "el derecho que se paga en pan o en dinero, en el horno común". Para entendernos, antiguamente se amasaba el pan en casa y se cocía en el horno del barrio. El hornero percibía por sus servicios un pegote de masa de pan, o poya).

Y para terminar con mi lista de momias, también tengo vista la de Boris Karloff, memorable película de 1932, que se me apareció en el gallinero del Cine Cervantes y nos dio tanto asco que, entre sonoras arcadas, vaciamos sobre los espectadores del patio de butacas una bolsa de plástico con medio kilo de galletas maria disueltas en agua. El revuelo de los que recibieron la rociada fue tal que hubo que interrumpir la proyección y encender las luces, y los damnificados profirieron denuestos y amenazas, nadie lo hubiera esperado de gente tan educada y trajeada, y nos dijeron de todo menos bonicos. Pues bien, a los pocos lustros de esta profanación, el cine Cervantes fue demolido, sus restos dispersos y en su solar levantaron una oficina bancaria. Así se las gastan las momias cuando hay chacota a costa de ellas.

Sería injusto dejarse en el tintero las momias de santos agnósticos. La de Lenin, a cuyo mausoleo acudían autobuses de peregrinos alguno de ellos español de los que suplantaron el Sagrado Corazón de la sala familiar por un poster del Che Guevara y aunque abominaban de la anciana tía solterona enrolada para Fátima eran, sin embargo, capaces de peregrinar a la cola de la Plaza Roja, sin sentirse los pies, con más frío que pelando rábanos, para adorar la calva cerúlea del santo marxista.

En la edad media, los árabes introdujeron la carne de momia en la farmacopea europea (hablo de cuando aún no existían multinacionales de labotarorios farmacéuticos, ni inseguridad social, ni una abastecida botica atiborraba la mesita de noche de cada español, desterrando el honesto orinal de porcelana con florecillas estampadas en el fondo). En aquellos recios tiempos, los galenos prescribían limaduras de momia para remediar las más variadas dolencias: Avicena lo recomienda contra las enfermedades de la piel, para combatir la flaqueza de estómago y contra la debilidad de los nervios. La asquerosa costumbre aún perdura y no es raro encontrar entre nosotros a individuos que prefieren unos taquitos de jamón o mojama a la noble y nutriente media docena de aceitunas o al puñadito de avellanas. Mientras no apostatemos del jamón curado y abracemos, con fervor neocatecúmeno, la fe del insípido y dulzón jamón cocido no nos podremos considerar plenamente integrados en Europa. En Bruselas, en reuniones de alto nivel, no se habla de otra cosa. Bueno es saberlo.

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