Columnas

Coaching

Leo que ha llegado a España la moda del coach o life coach, el entrenador para la vida, sin el cual, por lo visto, no dan un paso los grandes ejecutivos norteamericanos. Aparte de preguntarme quién será el coach del presidente Bush y elucubrar sobre la licitud moral de su eliminación por un sicario (cuya tarifa podríamos pagar a escote los ciudadanos temerosos de la guerra de Irak) esta moda del consejero me recuerda que no hay nada nuevo bajo el sol y que la Iglesia, que sabe más por vieja que por Iglesia, nos suministra coach y psicólogo, todo en una pieza, en su tradicional director espiritual, lo que pasa es que algunos bobos nos hemos encandilado con la libertad (¿libertad, para qué?) y hemos desacreditado esa utilísima institución clerical. Bueno, todos no, el otro día vi a una ejecutiva en traje de chaqueta arrodillada sobre las baldosas de la iglesia de San Pedro, Torredonjimeno, frente a un óleo que representaba a san José María Escrivá, con aquellas manos expertas en el desguace de langostinos cogiditas en gesto melífluo, en comunicación celestial con su sierva. Era una cuarentona frondosa de muy buena estampa y debo confesar que, aunque relegado por la edad a la especulación más que a la acción, todavía percibí una punzada íntima cuando contemplé, como don Fermín de Pas, tanto esplendor carnal en la propicia tiniebla de la antesacristía. Perdón por la disgresión, lo que quiero decir es que, al ver a la sierva arrodillada, me percaté de que la institución que nos administra el maravilloso ultraterreno y las excomuniones tiene todavía mucha cuerda.

Lo venía comentando con mi amigo Juan, el chófer, y el hombre, con su sentido común, me dijo que esto del consejero personal se ha estilado de siempre, sin menester de cura ni de coach. El marmolista del cementerio de Jaén, Onofre Arrobas, era un hombre de tanto talento que los parroquianos de la taberna del Criminal lo tenían por consejero. Uno de ellos, Narciso Caparra, le solicitó un epitafio para su nieto Chicho, fallecido a las seis horas de nacer, un breve texto filosófico sobre la fugacidad de la vida. Tenía que ser algo original y que, al propio tiempo, cupiera en un baldosín, porque el ataúd no iba a exceder el tamaño de una caja de zapatos. Al final, después de honda meditación, el marmolista dio con el texto adecuado: “Chicho, del chocho al nicho”.

Lo que quería decir es que me gustaría sustituir al coach del presidente y apartarlo del tomate.

(El Mundo - 2003)

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