Columnas

Al Andalus II

La guerra de Irak despierta en cierto sector de la progresía andaluza el mito de la edad dorada del Islam andalusí, un gobierno culto y tolerante que gobierna una tierra fértil donde conviven en armonía moros, cristianos y judíos hasta que llegan los brutos cristianos y lo arrasan todo.

Se puede disculpar que los románticos abrazaran esos tópicos cuando los estudios históricos estaban en mantillas. El idealista Blas Infante, por ejemplo, desprecia a Fernando III, al que apoda “El Bizco”, porque “entró en Andalucía y nos despeñó en Despeñaperros, nos quitó nuestras tierras, nuestra cultura”. A nosotros, es decir, a los andaluces. Ahora sabemos que, en efecto, les quitó las tierras a los moros (como ellos antes se las habían quitado a los visigodos) y asentó en esas tierras pobladores venidos del norte. Los actuales andaluces descendemos de estos colonos cristianos, no de los moros que se fueron y que jamás se mezclaron. Por eso los andaluces de hoy somos cristianos y tenemos apellidos procedentes de Galicia, de León, de Vascongadas o de Cuenca.

Prestigiosos arabistas e historiadores se han manifestado ya sobre estos asuntos. Serafín Fanjul ha señalado que los invasores islámicos que conquistaron España en el siglo VIII eran “bárbaros hasta la médula y a medio islamizar” y que la hegemonía política y militar que impusieron durante el califato “no significa por fuerza peso cultural paralelo”, que “la importación cultural y literaria de Oriente no implica gran creatividad local de los poetastros y poetas menores de los siglos VIII y IX”, lo que cataloga Al Andalus como un país menor en el Islam de la época.

Por su parte, el catedrático de historia medieval Manuel González Jiménez ha señalado la falsedad del mito de la convivencia de las tres culturas. En la Córdoba del siglo X la sociedad no era plural, como ha veces se afirma, ni existía verdadera libertad de culto, puesto que los cristianos y los judíos pagaban impuestos por serlo. También ha señalado que “entre 1225 y 1266 la casi totalidad de la población musulmana de Andalucía fue expulsada o se exilió voluntariamente, lo que Ibn Jaldún llama la gran emigración. A finales del siglo XV sólo quedaban en Andalucía unas 320 familias musulmanas”. O sea, muchas menos que ahora.

En los confusos tiempos que corren es conveniente que algunas cosas queden claras.

(El mundo - 2003)

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