Columnas

Gladys

Estoy desesperado porque Gladys, la mujer que deseo, sólo me quiere como amigo. Gladys se ríe mucho conmigo, deja que la invite al cine, me lleva de rebajas, me cuenta que ha conocido a un chico, cosas así, sin advertir mi íntima zozobra. A veces pasa semanas sin acordarse de mí, pasándolo bien con su maromo, y cuando me llama es porque han tenido un enfado y necesita consuelo. Mientras ella va a lo suyo, yo no hago más que preguntarme dónde he fallado. Hemos ido al cine, hemos tomado café, nos hemos reído, incluso una vez me abrazó en un semáforo. Me pregunto a partir de qué café nos hicimos amigos ¿el quinto? ¿el sexto? Uno menos y me estaría acostando con ella.

¿Por qué sigo con ella, como amigo, con lo que me hace sufrir? No es que sea masoca, es que la esperanza nunca se pierde. Tiene un enfado con el otro y acude a mí en busca de consuelo, me abraza y yo la rodeo con mis brazos y le digo: “Ea, ea, no te lo tomes así… ya verás como todo se arregla” cuando, en realidad, estoy pensando: te echaba yo un calmante que te ibas a quedar en la gloria. Pero no se lo digo. Sería ensuciar la amistad en un momento tan bonito, supongo.

Lo peor fue lo de anoche. Había ido a su casa, a consolarla, se nos hizo tarde y cuando me disponía a marcharme, va y me dice: “Quédate, que no quiero dormir sola”. Ella se metió en la cama en bragas y camiseta; yo, en calzoncillos. Pensé: otra alineación de planetas como esta no se me va a presentar en la vida. Entonces me da un besito en la mejilla, se gira y me dice: “Buenas noches. No sabes cuánto te quiero.” Y se durmió como un angelito dejándome desvelado y con la naturaleza alborotada. Me pasé la noche dándole vueltas al magín: “¿Traiciono la amistad si le toco una teta sin despertarla? ¿Y si me pongo de manera que, al girarse, la teta me venga sola a la mano?” Pasaron lentas las horas y en medio de las consideraciones anatómicas me asaltó una duda: “¿Seré gilipollas?” Incluso abrigué la esperanza de que, de pronto, se diera la vuelta y me dijera: “Venga, tonto, que ya has sufrido bastante: taládrame.” Cuando clareó el día me levanté sin hacer ruido y me di una ducha helada. Le estaba preparando el desayuno, cuando suena el timbre, abro la puerta y era el novio que venía a reconciliarse. Gladys me ha despedido de oficio, con un beso en la mejilla. Se ve que le ha entrado prisa por consumar la reconciliación.

(El mundo - 2003)

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