Columnas

Nutrientes

Ayer almorcé, por última vez, en cierto discreto restaurante familiar. Son seis mesas servidas por el dueño mientras su esposa lleva la cocina y prepara unos guisos de toda la vida que quitan el sentío. Había poca parroquia y el propietario me contó sus cuitas mientras saboreábamos sendas copitas de licor de manzana.

-¿Sabes que cierro? –me anunció-. Mi hijo se niega a continuar con el negocio. Quiere emplearse en unos grandes almacenes. Le han dicho que con la planta que tiene puede llegar a ejecutivo y viajar en la clase VIP de los aviones y codearse con los presidentes de los clubs de fútbol. Este local lo vamos a alquilar para un burguer. Dicen que se le saca más y que da menos trabajo.

Lo sentí por partida doble. Por mí, que voy a perder unas alcachofas rellenas insustituibles, y por el país en general, que veo mal, y de mal en peor porque el desempleo, la Inseguridad Social, la droga, el terrorismo, la invasión de emigrantes ilegales y la delincuencia cotidiana es posible que puedan remediarse algún día, pero la pérdida de una tradición culinaria secular no la remonta nadie, ahí está Inglaterra que no me dejará mentir. Gran parte de la culpa la tiene, lógicamente, la comida basura que nos llega del Imperio y coloniza las papilas gustativas de los inexpertos jóvenes y les echa a perder el gusto. ¡Comida basura! Hasta la expresión es un abominable préstamo del inglés teniendo como tenemos en español ese castizo “bazofia” para designar lo que en inglés llaman junk food.

Nuestra juventud, y algunos cuarentones en vaqueros que se arriman a sus mismos pesebres, ha abrazado el nefasto hábito de la comida rápida y la comida preparada, el pienso compuesto atiborrado de estabilizantes, anabolizantes, conservantes, colorantes y porculantes que esas máquinas sin alma regurgitan sobre una cajeta de pasta de poliuretano para que el comensal le añada los sabores estridentes de sendos churretazos de mostaza industrial y ketchup químico y lo despache deprisa y corriendo sobre un mantel de papel o, preferiblemente, de pie, como los rumiantes, o en la vía pública si se tercia. Antiguamente los manuales de educación establecían que solamente las castañas se pueden comer por la calle. Ahora ya no se editan manuales de educación. Solamente manuales de cómo ser un trepa social, de cómo jalarse una rosca, cómo huir de los hijos, cómo huir de los padres, o cómo enriquecerse en cuatro días. Así nos luce el pelo.

(El Mundo - 2003)

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