El Curso
La conferencia versaba sobre los maestros espirituales contemporáneos, el grupo esotérico-operativo de Ur, el pensamiento de Julius Evola, las corrientes neoespiritualistas, el hermetismo y la metapolítica. Fue una plática de mucho nivel, de curso de verano nada playero, serio, integrado por gente ávida de conocimientos. Ya en el coloquio final, una chica de gafas preguntó si, en la tesitura actual, podemos todavía pensar en un mundo cuyas leyes físicas no implican ninguna sujección interior en cuanto a la conducta a seguir después de que se las haya reconocido. El conferenciante escuchó con el ceño fruncido, en meditativa actitud, y luego fue y dijo: “Perdón, ¿usted salía en Hotel Glam?” La chica respondió: “No, pero mucha gente me lo pregunta. Debe ser porque guardo cierto parecido con Elianne.” “Es verdad -intervino otra participante-. Eres clavadita a ella, quizá el pelo más corto.” “¿Quién es Elianne?”, pregunté yo, perdido. “La pareja de Dinio, el cubano, el hermano de Rafa”. “Exacto –corroboró el profesor Riggulsford-, no son mellizos pero se parecen como dos gotas de agua”. “Hasta en …en…en fin, en aquello”, intervino una becaria gordita ruborizándose. “¿Por qué no llamamos a las cosas por su nombre? -propuso otro cursillista-. Mi compañera alude al pene de Dinio y al de su hermano”. “Bueno -discrepó otro interviniente-. Considerando los calibres quizá sea más preciso hablar de carajos que de penes, con perdón”. La discusión fue desvariando hasta enredarse en el enmarañado árbol genealógico de Andrés Pajares, sin que se llegara a un consenso sobre el número de hijas naturales que tiene, ni sobre la relación que mantiene con ellas. Otra facción se mostraba más partidaria de la fenomenología de Aramís Fuster en contraste con la desarrollada por Yola Berrocal y discutía si es preferible la grasa desparramada de la edad provecta sujeta con adminículos artificiales al recauchutado subcutáneo con evacuación del cortex cerebral. Fue entonces cuando se levantó un participante al final del aula y espetó: “Yo os digo, con Lukacs, que la vida anodina, cuando entra en los procesos catódicos y mediáticos, se transforma en arte y el arte se ha convertido en un espectáculo destinado a parásitos ociosos. La actividad artística tiene por misión satisfacer necesidades suntuarias y la masturbación, lejos de secar la espina dorsal y provocar tuberculosis, favorece el equilibrio psicosomático y previene el cáncer de próstata”.
Y yo tomando apuntes, ¡Jodidos cursos de verano!
(El Mundo - 2003)

