Columnas

Las prisiones de Jaén

Las prisiones, los presos y los carceleros han inspirado mucha literatura folletinesca y algunas interesantes películas. A esta circunstancia se debe que a nuestra memoria y a nuestra imaginación les resulten familiares los nombres de Alcatraz, la Bastilla, los Plomos de Venecia. Esto explica, también, que los admiradores de Alejandro Dumas tengamos por costumbre peregrinar al menos una vez en nuestra vida a la prisión del castillo de If, en una isla diminuta frente a Marsella.

Hablando de prisiones famosas, sin salir de la provincia de Jaén, en Arjonilla, tenemos una airosa torre con fondo de palmera que fue prisión del trovador Macías el Enamorado y también escenario de su asesinato a manos de un marido celoso. No lejos de allí, en Porcuna, los visitantes de la torre de Boabdil (la hermosa torre octogonal labrada por los maestres de Calatrava) pueden evocar entre aquellos recios muros la desventurada sombra de Boabdil, el torpe y taimado príncipe granadino que allá sufrió prisión. Y las antiguas cárceles de Baeza y de Martos se cuentan entre los edificios más hermosos de la provincia.

Las prisiones fascinan por muchos y encontrados motivos. En ellas, como en iglesias, conventos y despoblados, parece que el tiempo se detiene y conserva ecos de antiguas voces y recuerdos que sobrenadan el río helado del olvido. Al menos, esa ilusión nos hacemos los que apreciamos los lugares antiguos. Ellas, las prisiones, son también templos de la Represión que guardan memoria de la injusticia y del dolor. Por eso es tan frecuente que los gobernantes se esfuercen en demoler estos edificios o en escamotear sus archivos.

Sobre prisiones se ha imaginado mucho pero se ha investigado poco. El estudio de las prisiones, el contacto directo con estos exponentes de la miseria humana (no sólo de la miseria del delincuente sino, incluso más a menudo, de la indigencia moral del Poder que dice administrar justicia) no atrae a los historiadores. Sin embargo, la indagación sobre las causas y objetivos de estas instituciones puede arrojar mucha luz sobre el verdadero carácter de cada sociedad o de cada periodo histórico.

Luis Miguel Sánchez Tostado, el autor de este libro, es un hombre cuya curiosidad intelectual lo ha llevado a hacerse preguntas sobre el origen y el carácter de esta institución. El fruto de esa inquietud es el presente estudio. No se trata, el lector lo va a descubrir enseguida, de la obra meritoria pero limitada y menor que cabe esperar en un aficionado que no ha cursado las disciplinas académicas supuestamente imprescindibles para abordar tal tarea. Personalmente debo confesar que comencé a leer su manuscrito con la prudente reserva e indulgente simpatía que concita la obra de un aficionado, pero apenas traspasado el umbral de la primeras páginas, su lectura suscitó en mí un interés creciente que acabó convirtiéndose en franco entusiasmo.

Lo que Sánchez Tostado ha logrado en este libro es un trabajo sistemático, lúcido y equilibrado, que no incurre jamás en el alegato panfletario al que el tema tan fácilmente se presta. Quizá sea porque los de Sánchez Tostado no son los ojos inocentes del ensayista que contempla su objeto de estudio solamente a través de los libros y los polvorientos legajos de los archivos. El autor posee el pulso necesario para distanciarse del objeto a pesar de que no puede, ni probablemente quiere, disimular el entusiasmo con que se ha aplicado a su investigación.

La privación de la libertad y la represión institucional han acompañado inseparablemente a todas las sociedades humanas. ¿Crea el Poder la prisión para perpetuar sus privilegios o es la sociedad la que la exige para defenderse legítimamente de sus elementos más díscolos? Es un antiguo dilema que en estas páginas se aborda con valor, ecuanimidad y conocimiento de causa. Sánchez Tostado nos acompaña por el apasionante mundo de los calabozos y los grilletes, por esa intrahistoria que hipócritamente hemos confinado en la sentina del olvido. El rigor de su investigación y el impresionante aparato crítico que maneja no estorban el interés y la galanura de la exposición, a menudo salpimentada con interesantes anécdotas que nos arrancan una sonrisa y con ponderados comentarios que dan qué pensar sobre el sentido más recóndito de la Justicia.

En estas páginas se hace la pormenorizada historia de las prisiones jiennenses desde el siglo XIV hasta nuestros días. Podría parecer una obra de alcance solamente local o provincial pero es mucho más. Decía Tolstoi que describiendo la vida de una aldea se describe el mundo. También Sánchez Tostado describiéndonos las cárceles de su aldea nos ha retratado magistralmente las cárceles y las justicias del mundo. Una Justicia que desde su primera formulación ha dividido a los inculpados en dos grandes castas: pobres y ricos, lo que se ha manifestado en diferencias unas veces sutiles y otras no tanto. Así, por ejemplo, los dos tipos de ejecución del Antiguo Régimen: degüello para los privilegiados y horca para los plebeyos. O, remontándonos a 1914, la posibilidad, para los presos de pago, de un vis a vis con sus amigas o sus mujeres, mientras que el resto de los internos se veía privado de las suyas.

Leyendo las páginas que siguen comprobaremos también que muy a menudo los carceleros eran peores que los delincuentes que custodiaban. Otras veces nos sorprenderemos de las bizarras soluciones que daba la autoridad competente a ciertas crisis. En 1836 reconvierten a ciertos presos en carceleros. Finalmente descubriremos las sociedades de jaques y mafias que surgen en el microcosmos carcelario y conoceremos las menudas instituciones y oficios que allá se desarrollan: los sangradores, los bodegoneros, los prestamistas, las Tazas de Caridad, las cacheadoras de mujeres para "conservar la moral"... Y conoceremos las cárceles Inquisitoriales jiennenses, cuya controvertida localización este libro aclara definitivamente.

Por estas páginas desfila la historia de Jaén como vista desde la tronera de una garita carcelaria. La cárcel como reflejo exagerado de la sociedad del exterior va anudando su terrible rosario de hambres y pestes, como la de 1602 que redujo considerablemente la población reclusa. A través de la obra de Sánchez Tostado nos informaremos de las otras cárceles ocultas bajo capa de beneficiencia, los hospicios de hombres y de mujeres, las casas de "arrecogías" que pretendieron retirar a las prostitutas de su antiguo y persistente oficio. Algunos hechos expuestos en estas páginas indignarán sin duda a las personas feministas o simplemente opuestas al sexismo: las internas del hospicio de mujeres lavaban no sólo su ropa y la de los hospitales sino también la del hospicio de hombres.

A través de la prisión provincial alcanzaremos interesantes noticias del comercio jiennense de los años treinta y cuarenta. Los vales y facturas que Sánchez Tostado ha exhumado en el archivo de la institución nos informan de los precios de los productos y del consumo que el microcosmos carcelario hace de ellos. En estas páginas aprenderemos desde los secretos del correo clandestino, burlador de la censura con tinta simpática e ingenio, hasta la técnica necesaria para confeccionar una radio artesanal de galena con la que captar las noticias de las emisoras en tiempos represivos en que los reclusos no contaban ni siquiera con una radio. También nos asombraremos con los tremendos procedimientos de desinfección y desinsectación de vestidos y personas que se usaron hasta hace unos años.

Aportación fundamental del libro es la historia penitenciaria de la Guerra Civil en la provincia de Jaén con un estudio sistemático y nada apasionado de la represión de uno y otro signo, campos de concentración, checas y paseos o fusilamientos tras juicios sumarísimos.

Sánchez Tostado apoya a veces su lúcido análisis de la institución carcelaria en datos aparentemente anecdóticos pero tremendamente reveladores. Por ejemplo, en algún momento del siglo XIX, los cuatrocientos reclusos de la cárcel de Jaén disponían solamente con un retrete en el que había cuatro asientos, dos de ellos inservibles. Es evidente que las condiciones de vida que ese dato refleja han ido mejorando. Salta a la vista con sólo evocar la comida del rancho comunal en tiempos pasados: dos docenas de presos compartían la misma perola por el procedimiento de cucharada y paso atrás. Ese comensalismo casi tribal ha dejado paso a las bandejas de individuales de plástico de nuestros días, en las que se consumen los menús con cálculo de aporte calórico.

Centenares de jienenses hemos pasado cada día, durante años, frente a los hoscos muros de piedra vista y las puertas de chapa reforzada pintada de verde de la vieja prisión provincial del Paseo de la Estación. Las páginas de Sánchez Tostado nos descubren lo que se ocultaba en ese edificio, todo un mundo complejísimo, rico y fascinante, una atípica sociedad paralela compuesta de robaperas y asesinos, de políticos y marginados sociales, una sociedad compleja con sus propios ritmos y sus propias leyes, con sus rutinas, con sus pequeños heroismos cotidianos y con sus bajezas.

Sánchez Tostado analiza clara y muy concretamente la evolución ideológica propiciada por el nuevo concepto humanitario de cárcel, las teorías correccionalistas y redimidoras y los interesantes modelos penitenciarios que, desde el siglo XVIII, se vienen proponiendo y ensayando con dispar resultado. También presta atención al tratamiento historiógrafico recibido por las cárceles giennenses en el pasado y es piadoso con ciertos famosos cronistas apesebrados por el Poder que se prestaron a ofrecer una imagen distorsionada y falsa del encierro. Finalmente expone las causas del fracaso de los establecimientos penitenciarios y suministra un utilísimo referente del estado actual de la cuestión. Esta parte más estadística y descriptiva de su obra aportará, sin lugar a dudas, un utilísimo resumen del estado de la cuestión a finales del siglo XX, cuando la propia institución carcelaria se ve tan combatida desde diversos ángulos.

Estamos, sin duda alguna, ante una obra que será en lo sucesivo el obligado referente de todo trabajo relacionado con este aspecto tan desconocido y fundamental de nuestra historia. Confiemos en que el autor nos siga ofreciendo frutos tan interesantes y sazonados como éste.

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