Columnas

Las bien pagás

En la antigua Atenas la tarifa de las putas oscilaba entre dos y cinco dracmas pero la bella Guathaenion llegó a percibir hasta mil dracmas por un servicio. Otras compañeras de oficio de nombres más civiles (Lais, Friné, Tais) fueron igualmente famosas por las altísimas tarifas.

En Roma, incluso en la adusta primera Roma republicana, también hubo putas carísimas. Plauto en su comedia Trinummus (vv. 246-255) señala: "La prostituta pide más. Nada le basta. El galán tiene que pagar lo bebido, la comida y todos los gastos de la casa ¿Le concede una noche? Entonces se presenta con todos sus servidores: doncella, masajista, guardián de joyas, portadoras de cofres, mensajeros, saqueadores del aparador y de la despensa. Al obsequiar a todos y cada uno ¡nuestro enamorado se arruina!"

En Bizancio, la propia emperatriz Teodora que comenzó su fulgurante carrera haciendo la calle, ascendió tanto de categoría después de atender, en una misma sesión, a treinta invitados del jefe del partido Azul, que, en poco tiempo, pudo casarse con Justiniano, lo que la convirtió en primera dama. Otros dicen que lo conquistó hablando de teología, que era moda en Bizancio. Todo es posible. Por cierto, su hazaña de los treinta consecutivos dejó tan preclara huella en la posteridad que todavía en la Roma papal del Renacimiento las izas se probaban en superarla practicando el trentuno,"treinta y uno" (importado a España como "treintón"), e incluso el trentuno reale que embarcaba a setenta y dos amantes en una sola sesión. Esto ya son palabras mayores.

En la Francia de Luis XIV, las tapas del libro de cuentas donde el intendente Collin asentaba las sumas que el Rey Sol invertía en la marquesa de Pompadour, llevan la inscripción "Gastos enormes". En el momento de mayor encoñamiento real, la Pompadour percibía hasta 24.000 libras anuales. La pensión descendió hasta 3.000 cuando el monarca perdió el apetito.

En nuestro pacato siglo XVII había unas queridas alto standing, las "amesadas", tan caras que se contrataban por meses, mientras duraba la hacienda del cliente.

Ya en el siglo XIX, Lola Montes recibió de Luis II de Baviera joyas "por valor de una hacienda" después de que consiguiera provocar en el monarca "diez orgasmos en veinticuatro horas." Su colega Teresa Lachman, La Paiva, después de ejercer como puta del montón en Constantinopla y Viena triunfó en París hasta el punto de que el manirroto príncipe Henkel de Donnesmark le regaló el castillo de Pontchatán, con sus jardínes geométricos, como pago de una noche inolvidable. La respuesta del príncipe a un amigo que le reprochaba el dispendio podría servir para todos los pródigos fornicadores: "De una tacada jodes a tu amante y a tus herederos. No hay placer comparable."

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