Columnas

Hostal

Me hospedo en un hostal de carretera en algún punto de la Andalucía interior (que no tendría por qué ser, además, profunda). Aparco. Satisfago la tarifa del guardacoches y declino amablemente su ofrecimiento de lotería. Asciendo la escalinata con balustrada versallesca de cemento que conduce al Hostal. El mostrador de recepción está desierto. Desde el fondo, detrás de la escalera, me observa un joven arrellanado en un sofá. Como no acude nadie le pregunto “Oiga, aquí quien atiende. “. Se acerca desganadamente, con un cubata tempranero en la mano, me confisca el DNI, y me asigna una habitación amplia y espartana: cama, mesita de noche, tocador que sirve para el televisor, armario empotrado sin baldas y sin perchas.(“Es que se las llevan”, aclara. “¿Y no podría traerme media docena, dejando yo una fianza, naturalmente?”, solicito. “Veré a ver si hay”, responde.)

La habitación es un horno pero el aire acondicionado no se enchufa hasta julio. “Abra usted la ventana –me dice-, que a la tarde refresca, pero la tiene que cerrar antes de que oscurezca porque hay muchos mosquitos.” Remolonea para la propina, le doy diez duros (por abrir la puerta, ya que la maleta la he subido yo) y se va. Me acerco a la ventana. El paisaje lejano es hermoso pero el más inmediato es un olivar abandonado de donde no han retirado los escombros que acumuló la obra del hostal. La verdad es que ya casi no hace falta porque empiezan a crecer encima los yerbajos.

Bajo a tomar un descafeinado: un camarero joven y maleducado que arrastra los pies me lo sirve cafeinado, frío y en vaso churretoso. Mientras engullo el brebaje observo la oferta de productos típicos: llaveros hortera, navajas cabriteras, casetes folklóricas, bufandas futbolísticas, videos porno, garrafas de vino y de aceite de dudosa calidad, dulces caseros industriales. Adornando el mostrador, una garrota descomunal con la inscripción Libro de Reclamaciones.

Me acuesto. La sensación de que falta algo no me deja dormir (quizá también la cafeína). Al final caigo: en la cabecera de la cama falta un cuadro de la patrona del pueblo o, en su defecto, un almanaque de Unión de Explosivos que represente a una señorita follable rodeada de liebres muertas. Me propongo dedicar mi próxima columna al asunto. Si queremos vender nuestro turismo interior hay que cuidar los detalles.

(El Mundo - 2000)

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