Columnas

La Santa

Ahora que la Iglesia se ha propuesto hacer santos a cientos de españoles fusilados en la Guerra Civil española, se me ocurre que podía incluir en la misma tacada a los mártires que ella mató, personas como Leonor María Enríquez, quemada en la flor de sus veintiséis años por la Santa Inquisición, en Córdoba, en 1665, por sospechas de que practicaba el judaísmo. Victoria González de Caldas relata el caso en su libro “¿Judíos o cristianos?”.

Como Leonor insitía tercamente en que era católica, los inquisidores, en su afán por hacerle más llevadero el tránsito de este mundo, y por darle ocasión a que se confesara hereje y salvara su alma, hicieron espaciosa y lenta la ejecución... usando el verdugo todo el ingenio de su piadosa crueldad. Leonor en el umbral de una muerte atrocísima, semiabrasada, deforme en el humo y las llamas, cerró la puerta al remedio, o sea, que no se arrepintió como esperaban, con lo cual acabaron de quemarla y así murió.

Ahora, con la perspectiva del tiempo, nos asalta la duda atroz de si la desdichada Leonor se dejó matar de tan horrible modo precisamente porque era una buena católica. La doctrina inquisitorial lo dejaba claro: aunque sea duro conducir a la hoguera a un inocente, no se aceptará que un acusado confiese para librarse de la muerte. Corresponde al confesor que lo acompaña confortarlo y consolarlo en su verdad: no confieses lo que no has hecho y no olvides que si soportas la injusticia y el suplicio recibirás la corona del martirio. Si Leonor se hubiese declarado hereje, hubiera escapado de aquella muerte cruel a costa de una mentira, pero su intransigente religión la hubiese condenado al fuego eterno en el Infierno, por mentir al Santo Tribunal. Por lo tanto, la desdichada prefirió morir en la hoguera y asegurarse la vida eterna.

Hoy la versátil Iglesia admite y lamenta los errores de su pasado, especialmente si son tan garrafales como los perpetrados con Galileo y Giordano Bruno, pero sigue justificando tercamente los del presente. En lugar de atizar el fuego de la discordia recordándonos a los españoles los asesinatos de la Guerra Civil (aunque sólo los de un bando), bien podría revisar las causas inquisitoriales e incluir en el número de sus santos a mártires como la pobre Leonor, quemada en la hoguera a fuego lento en nombre del dulcísimo Jesús, el que llamaba a los hipócritas “sepulcros blanqueados”.

(El Mundo - 2000)

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