Columnas

Lecturas y Amor

En verano, regreso a Ramón J. Sender, el olvidado novelista del que tanto se aprende. En sus Tres ejemplos de amor y una teoría, leo “Un día van a desaparecer del mapa Francia y Europa con sus culturas y sus bibliotecas, y desaparecerá la humanidad y también el planeta y el sistema solar. No quedará ni la más remota memoria de que hayamos existido con nuestras grandezas o nuestras miserias (…) la única compensación contra todo eso está en el amor que nos ofrece alguna sombra de plenitud y alguna ilusión de lo absoluto”.

En otro libro de otro autor igualmente olvidado, un anciano aislado del mundo por sus sentidos declinantes, sordo y ciego, se refugia en la recuerdo de los episodios galantes de su verde juventud. Como Casanova en el castillo de Dux, viejo y cansado, a la espera la muerte; como Napoleón, imagino, en los acantilados de Santa Elena. “Eso es lo único que nos vamos a llevar de aquí, el único consuelo que le quedará a nuestros fríos huesos en el largo declive que precede a la muerte”. Abderraman el Grande, en su vejez, confesó haber sido feliz ocho días de su vida, aunque no seguidos. Muchas personas, no necesariamente famosas, registran con fidelidad contable esos momentos en que la unión amorosa provoca lo que los franceses denominan la pequeña muerte, esa plenitud que se alcanza, como en un relámpago fugaz. El reformador Lucero, incorporado tardiamente al gozoso fornicio, registraba con exactitud germánica los coitos que cumplía con su esposa, que antes lo había sido de Cristo. A mediados del siglo XIX un fraile español que había impartido doctrina cristiana en América escondió dentro de una caña, en un tejado de Sanlúcar de Barrameda, un folio con el recuento, en letra microscópica, de los mancebillos que se había beneficiado, con fechas, nombres, lugares y detalles. Probablemente fue la única parte de sí que quiso legar a la posteridad. Un caballero victoriano inglés cuyo nombre ignoramos escribió Mi vida secreta una autobiografia de su pasión amorosa en la que comenta los mejores lances de su vida sexual y cuenta las mujeres con las que copuló, casi todas putas. Legó el manuscrito a un amigo con encargo de que a su muerte lo leyera y lo quemara. El amigo, naturalmente no lo quemó y ahora anda impreso para consuelo y esparcimiento de los aficionados. Hay que advertir que cuando un escritor encomienda a otra persona la destrucción de su obra y no la destruye personalmente es porque quiere que se conserve para la posteridad. Ibn Hazan, nos cuenta en El collar de la paloma, la iniciación sexual de un muchacho (¿él mismo?) con una esclava bajo la manta que los resguarda de la lluvia, sorprendidos por una tormenta de verano cuando iban de merienda campestre con la familia. Han pasado mil años y los recuerdos de aquel anciano que fue el muchacho todavía nos conmueven. Cuando ya los protagonistas no son siquiera polvo enamorado, parece que todavía percibimos el olor de la tierra mojada, el acre perfume de la manta que se va empapando mientras la lluvia rebota sobre ella como un tambor, la sal ardiente de los voraces labios y la dulce congoja de los cuerpos que la pasión abrasa.

(La Razón - 0)

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