Columnas

Pacomio

He topado en internet, por casualidad, con una fotografía del presidente del Real Madrid al lado de Pacomio: por eso sé que el Madrid vencerá en la inminente temporada de liga. Pacomio no debería necesitar presentación, pero seguramente algunos lectores no saben de quién estoy hablando. Es un osito de peluche o mejor dos ositos, padre e hijo, o gemelos. Pacomio era la mascota del capitán Roy Brown, aviador de caza canadiense de la Primera Guerra Mundial acreditado con once derribos. Cuando el aviador se licenció, por problemas de estómago, se lo regaló a la enfermera inglesa Mary Rippon, una chica de gran alzada con un corazón de oro, quien a su vez se lo entregó al piloto americano Ralp Cunacry, su amante, para que le diera suerte. Y se la dio, puesto que salió con vida de la contienda, a pesar de que lo derribaron tres veces. Cunacry regresó a USA y colocó el osito en una vitrina con otros recuerdos de la guerra hasta que en, 1926, conoció a Charles Lindbergh en una cena de beneficencia y supo que proyectaba atravesar el Atlántico en solitario. ”Llevarás un pasajero que te traerá suerte”, le dijo al entregárselo. A Lindbergh le regalaban muchas cosas que él, a su vez, transfería a su asistenta dominicana, pero con Pacomio, después de pensárselo, obró de distinta manera. ¿Y si verdaderamente me trae suerte? Se la trajo. Cruzó el Atlántico en el histórico vuelo del Spirit of St. Louis. Hay una foto de Lindbergh recien aterrizado en Le Bourget que sostiene en alto a Pacomio, su compañero de aventura. En 1931 el famoso piloto cedió su mascota a Jessie Woods, del circo aéreo Flying Aces, del cual, unos años después la transfirió a Frank Tinker, aviador mercenario en la Guerra Civil española, mil quinientos dólares por aparato nacional derribado. Frank lo envió por correo a su amigo Art Baumler y de éste pasó a Angus O´Leyre joven piloto de bombarderos sobre Alemania, en 1944. Después de muchas misiones, un Me-110 equipado con radar nocturno lo derribó sobre Hamburgo y, caso único, toda la tripulación del Fortaleza Volante escapó indemne, salvo el ametrallador de cola que se partió una ceja. Un reportero suizo, Antón Bergof, rescató a Pacomio, con una oreja levemente chamuscada, de entre los despojos del aparato y lo remitió, después de la guerra, al destinatario de la chapa de identificación que el intrépido osito portaba al cuello. Una nieta de Angus O´Leyre, veraneante en la Costa del Sol, se lo regaló, después de una tormentosa noche de amor que la dejó escocida y generosa, al escritor y egiptólogo español Nacho Ares, al que Pacomio ha acompañado en más de treinta viajes al insondable Egipto. Fue Ares el que, tanteando, descubrió la existencia de otro Pacomio de menor tamaño en las tripas del primero. Hoy tienen existencias independientes. Pacomio, el mayor, viste de aviador de la Guerra del 14, chaquetilla de vuelo, de oveja vuelta, y pañuelo rojo al cuello. A los dos les gusta el peligro y la literatura. Y las osas.

Pacomio con el Madrid. Suerte, merengues.

(La Razón - 0)

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