Columnas

Mili

Es la primera y la última vez (espero) que hablo de mi mili. La hice en el sesenta y nueve (ahórrese el chiste fácil, por favor) y de soldado raso. Nos trataban como a reses: para la vacuna, en el campamento, nos ponían en fila de trescientos y un soldado de sanidad nos iba untando ambos brazos con una muñequilla de yodo. Después otro, pasado un buen rato, te clavaba dos agujas de inyección hasta el tope. La inyección podía tardar su buen cuarto de hora. Mientras tanto, a algunos les chorreaba un reguerillo de sangre hasta los dedos y les goteaba hasta el suelo. Otro día, el mando decidió que cada recluta se abriese una cartilla de ahorros en la Caja Postal. Nos tuvieron formados, durante horas, a los casi mil del batallón, en una explanada, al sol de agosto en el desierto de Almería, mientras el único funcionario de la estafeta nos iba atendiendo. Servidor ya tenía una cartilla de la Caja Postal y así se lo hice saber al brigada que vigilaba al rebaño, pero me dio un bufido y tuve que volver a la fila para abrirme una segunda cartilla. No se portó mal el hombre, después de todo, porque también podía haberme dado dos hostias.
En la mili se aceptaba una sutil forma de esclavitud consistente en que muchos individuos de rango superior explotaran la mano de obra suministrada por el sistema. Si eras albañil, si eras fontanero, si eras carpintero, tenías que arreglar gratuitamente las chapuzas domésticas de aquellos sujetos. Si relojero, los relojes de toda su familia.

Todo el mundo se ríe mucho con las anécdotas de la mili en las reuniones de matrimonios (excepto las sufridas esposas), pero en mi cuartel, al pie de la torre de cemento que sostenía el depósito del agua, había un centinela para evitar los suicidios.

A algunos, muy pocos, la mili les venía bien. El pobre hombre que había guardado ovejas toda la vida y que nunca había visto un tren, aprendía a comer con tenedor o se sacaba el carnet de conducir, pero también es cierto que otros perdían el trabajo y que algunos se hacían alcohólicos. Eso sin contar a los que pasaban directamente de la virginidad a la sífilis.

Ya sé que aquellos individuos de superior rango no eran los de ahora. Pero la mili es la mili. En fin, ustedes perdonen el desahogo. Solo quería decir que me alegro mucho de que la supriman.

(El mundo - 2000)

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