Columnas

Escuelas

En tiempos de Franco, cuando el nacionalcatolicismo imponía su peculiar pedagogía, los padres se vestían de domingo para llevar al hijo a la escuela/instituto y lo primero que le decían al maestro/profesor era: “Si se descantilla lo más mínimo, usted le pega, oiga. Si le rompe un hueso, no se preocupe.” La norma pedagógica era: la letra con sangre entra.

Vino la democracia, por cuyos 25 años brindamos estos días, y, entre todas las cosas buenas que trajo, se coló una mala (desde luego no achacable a la democracia, sino al mal uso que hacemos de ella): el sistemático desprestigio de los maestros y profesores y de la autoridad en general. Entre los fastos de las bodas de plata de la democracia está pasando desapercibida la noticia, cada vez más frecuente, de las agresiones de profesores por parte de los alumnos. Hemos desprestigiado a todo el cuerpo de enseñantes y, al propio tiempo, hemos descargado sobre sus anchas y sufridas espaldas una tarea que debiera corresponder a los padres: la de educar a los hijos en el respeto y la convivencia. Antes, los profesores enseñaban y los padres educaban. Ahora, los padres hemos dejado de educar y procuramos no contrariar a los hijos para que no nos molesten: televisión a todo pasto desde la cuna, guardería, juguetes, caprichos, libertad absoluta y cursos de verano nos libran de aguantar a los hijos. Consecuentemente el niño crece sin disciplina alguna y se convierte en un adolescente exigente y desconsiderado que hace lo que le viene en gana, que tiraniza a los padres y no se somete a norma alguna.

Si en la familia no existe la disciplina, mal puede existir en las aulas, y si en las aulas no hay disciplina, mal puede el profesor hacer su trabajo, mucho menos cuando los padres encubren a los hijos descarriados y se convierten en cómplices suyos. Hemos olvidado que el futuro (de nuestros hijos, de la sociedad, y del país) descansa precisamente en ese sufrido cuerpo de enseñantes que hasta los mismos anuncios de televisión se esfuerzan en desprestigiar. Cada vez tenemos profesores más preparados, pero, paradógicamente, los niveles educativos decrecen. Quizá muchos profesores, amedrentados como están, no se atrevan a suspender a nuestros hijos, pero es seguro que la vida acabará suspendiéndolos. Y el suspenso será también nuestro.

(El mundo - 2000)

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