Columnas

Regordillo

Regreso a Jaén, donde tengo mis raíces (y mis ramas) y ya casi a la vista de la catedral y el castillo, bajando la empinada cuesta de Regordillo, me viene a la memoria que, a principios de los cincuenta del pasado siglo, llegó a Jaén un nuevo obispo, don Félix Romero Mengíbar, de feliz memoria, gordo, campanudo, listo (comentaba su madre: mi Félix ve crecer la hierba; mi Nicolás, se la come), y en su primera homilía dijo: “Amadísimos jaeneros: cuando el automóvil me traía por la cuesta de Regordillo… ¡Ya os amaaaba!” Yo vivía todavía en mi pueblo. Un par de meses después, en la obligada visita pastoral por la diócesis, don Félix me confirmó. Luego mi familia se mudó a Jaén y me matricularon en los maristas. Cuando tocó confirmación a los alumnos del colegio, un acto solemne en la catedral, salí de la fila para advertirle al hermano Samuel que yo ya estaba confirmado. El hermano me sonrió, paternal, e inclinándose sobre mí, me murmuró al oído: “Pues te confirmas otra vez. Y quítate de mi vista antes de que se me escape una hostia”. Dijo hostia. No bofetada, ni cachete, ni pellizquito: dijo hostia, con lo que me dejó muy desedificado. Muchos años después, en la mili, formaron a mi compañía para que cada recluta se abriera una cartilla de ahorros en la estafeta del campamento. Nuevamente salí de la fila para informar al sargento Pellejero: “Mi sargento, que yo ya tengo una cartilla postal de ahorros. Si quiere se la enseño”. A lo que él me respondió: “Pues te abres otra, reclutón, y evapórate antes de que te dé una patada en los cojones”.

(¡Ele, la raza!)

En la cuesta de Regordillo, a principios de los cincuenta del pasado siglo, dos motoristas de la policía armada (moto Sanglas, chaquetones de cuero) le dieron el alto a mi tío Braulio y a dos amigos más que se dirigían, nocturnos, los tres en la misma moto, a desahogarse en el afamado prostíbulo El Rancho. Ellos aceleraron y pasaron de largo sin detenerse, pero cien metros más abajo se apeó uno y los otros dos regresaron contritos a donde estaban los policías. “Ustedes disculpen que con los nervios nos hemos pasado”, se excusó mi tío. “Ibais tres en la moto” –señaló el policía de más edad. “No, señor guardia: -respondió mi tío- solamente nosotros. Es que con las pellizas parecemos más”. “Erais tres, y el que falta lo veo allí abajo”, dijo el agente. De perdidos al río -pensó mi tío-, y jugó la carta de la contrición: “Es verdad, señor guardia, pero mire usted: estamos los tres en el cortijo del Risco, en el Berrueco, sin ver mujer desde hace medio año y habíamos pensado echar un casquete en el Rancho”. El policía suspiró hondo y cruzó una mirada comprensiva con su compañero: “Anda, quitaros de mi vista y me vais con cuidado, no vayamos a lamentar un percance”.

Hoy el Rancho ha desaparecido y en su lugar ha florecido un colegio del opus de nombre rimbombante. Donde tanto se pecó (en una silla, a la que llamaban “la silla eléctrica”, porque ni cama había) hoy se prepara la sana juventud que regirá nuestro mañana y se loa a Dios por los dones que continuamente derrama sobre sus criaturas.

La cuesta de Regordillo le trae a uno tantos recuerdos…

(La Razón - 0)

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