Firma de libros
Un chiste de Mingote resume muy bien la situación: en una caseta un lector contempla emocionado un libro que le acaba de firmar su autor favorito: “¡Me lo ha dedicado! ¡Ha escrito mi nombre!” Mientras, en la trastienda, el autor no puede ocultar su gozo: “¡He firmado un libro! ¡Lo he firmado!”
En esto de firmar libros hay más ciencia de lo que parece. Hace años, siendo yo firmacantano, el recordado doctor Vallejo-Nájera, avezado firmador, me dio los consejos fundamentales que desde entonces procuro seguir al pie de la letra: que tus dedicatorias no sean adocenadas y que contengan alguna referencia a la persona que ha comprado el libro. Mira a los ojos del lector y estrecha cordialmente su mano. Cuando estés desocupado y a la espera del próximo lector, invita con una sonrisa a los potenciales clientes que pasan frente a tu mesa. Si, a pesar de todo, nadie se acerca y empiezas a sentirte desamparado y ridículo, piensa en los miles de escritores inéditos que hay en España a los que les encantaría sentirse desamparados y ridículos ante una mesa con media docena de libros publicados.
Esta de firmar libros es una labor que unos escritores dominan mejor que otros. Los tímidos y los multitudinarios se atienen a dedicatorias breves que traen preparadas; los creativos (que no todos lo son) prefieren improvisar y, si se tercia, y no hay mucha cola, se recrean en la dedicatoria alargándola, en parte por premiar el patrocinio del lector y en parte por retenerlo un poco más, a ver si su ejemplo atrae a otros viandantes.
En este mes de mayo, más cruel que abril, si usted, lector, quiere realizar una obra de misericordia acérquese al escritor expectante y, aunque no adquiera su libro, dele algo de conversación. No sabe cómo se lo va a agradecer.
(El Mundo - 2001)

