Conversación en la Catedral
-¿Qué sentido tiene la vida, monseñor? –le pregunté. Matzinger carraspeó y dijo: “Ignoramos de dónde venimos y a donde vamos y, sobre todo, cuánto tiempo nos queda. Esa duda os angustia: por eso necesitáis el consuelo de la otra vida. Y aquí es donde intervenimos los vendedores de humo: a cambio del ordeño y del esquilado de las angustiadas ovejas, las consolamos de las injusticias terrenales (las nuestras incluidas) y pastoreamos la grey hacia el espejismo de la vida eterna. Es como un plan de pensiones bancario: aunque sepas que estás entregando tu dinero a cambio de meras promesas, el banco te parece tan solvente que te sientes amparado. Después ya se verá, cuando llegues a viejo. La Iglesia lo tiene incluso más fácil, porque todo se verá solamente cuando llegues a muerto y, hasta la presente, ningún difunto ha regresado para advertir a los vivos de timo alguno.
-No, si eso lo veo razonable –concedí-, pero es que lo de obligar al teólogo Marciano Vidal a retractarse de sus convicciones es muy grave.
-La religión requiere obediencia ciega –argumentó Matzinger-. Dado que toda la organización se basa en mitos irracionales y en una sarta de disparates ratificados por el tiempo y la costumbre, es fácil comprender que, si perdemos la cohesión, nos abocamos al caos y, lo que es peor, ponemos en peligro nuestros privilegios. Considere, por ejemplo, el caso de la Iglesia española: en los Estados evolucionados y verdaderamente democráticos la religión pertenece a la esfera de lo privado y el sostenimiento de la Iglesia compete exclusivamente a los fieles. En España, sin embargo (donde los católicos practicantes no alcanzan un cuarto de la población) gracias a Dios, el Estado nos brinda sus ubres. Si tuviéramos que apañarnos con lo que los católicos consignan en la declaración de la renta no tendríamos ni para pipas.
-Pero esos recursos que parasitan ustedes del Estado deberían invertirse en la reforma judicial, en Educación, en la financiación de los partidos y en tantas actuaciones urgentes que vamos aplazando de un día para otro, para la Segunda Transición -repliqué.
El Inquisidor sonrió pensando en las impertinencias que tienen que aguantar desde que abolieron las hogueras.
(El mundo - 2001)

