Columnas

Metrosexual

La relaciones públicas de la editorial se me sinceró: “Mira, Juan, yo te aprecio mucho, pero alguien tiene que decírtelo: los libros también se venden por la facha del autor; no basta escribir bien, hay que tener buen aspecto. En resumidas cuentas, hemos pensado que deberías asistir a un cursillo acelerado de metrosexualidad. Será sólo un fin de semana. Te alegrarás.”

La parte teórica fue fácil: “¿Qué es un metrosexual? –nos dijo el monitor en la primera charla-. Lo que serás muy pronto. Haremos de ti un hombre de más de veinticinco años, independiente, de nivel adquisitivo elevado, que gasta parte del sueldo en cuidar su físico: dieta, gimnasio, depilación, manicura, limpieza facial, masaje…”

-¡Como una mujer! -intervino uno de los cursillistas, un tipo casi tan gordo y calvo como yo. “¡Exacto!”, concedió el monitor con una sonrisa lobuna, “se trata de disfrutar de vuestro lado femenino. El machote borrico y eructador ya no se lleva. Ahora ellas lo quieren delicado, atlético y liso además de ducho en el nuevo móvil multifunción 3G, o sea un tecnófilo de ultimísima generación, con conocimientos de cocina, de ikebana, de tai-chi, un hombre capaz de emitir un juicio razonado sobre las novedades de la última pasarela Cibeles o de elegir el vino de la añada adecuada cuando su pareja decide que al jabalí en crema de algarrobas a la salsa de vinagre de Módena aromatizado con sésamo y pitimini le iría bien un Mosela.

Fue un fin de semana frenético: clases, gimnasia, conferencias de esteticistas... En la despedida el monitor estuvo más amistoso: “Esta noche, al llegar a casa, te desnudas frente al espejo. Ese gordo barrigón y peludo que ves esconde dentro un metrosexual como un bloque de mármol de Carrara contenía el David de Miguel Ángel. Sólo tienes que desprenderte de todo lo que sobra…”

Al día siguiente comencé a quitarme todo lo que sobra. Después de renovar mi vestuario (un pastón) y de apuntarme al gimnasio, fui al centro de estética a depilarme.

La depiladora era una mujer de mediana edad, con la mirada profunda del que lleva mucho visto en la vida.
-Empezaremos por la espalda -dijo.
-Ya no quedan mujeres a las que les guste un hombre con pelos en la espalda –lamenté mientras me despojaba del albornoz-. Una mujer que se me arrime en la fría noche invernal, que me acaricie los pelos de la espalda y me llame osito mío.

La mujer extendió la cera por la pelambre, dos bosquecillos del hombro al la cintura, a ambos lados de mi columna vertebral.
-Sí quedan mujeres de esas –advirtió-. Lo que pasa es que a los hombres, a cierta edad, les falla, además de otras cosas, la agudeza visual.
-Yo veo perfectamente. –repliqué-. Me gradúo todos los años las gafas.
-Pues ni aún así. Las mujeres a las que gusta el osito barrigoncete tienen todas de cincuenta para arriba. Son las de su edad, naturalmente, pero ustedes no las ven: sólo perciben a las yogurinas y esas buscan musculitos depilados ¿lo capta?
Dijo y me arrancó la cera de un tirón. Aullé de dolor.
-Duele ¿eh? Pues prepárese para el mismo tratamiento cada quince días.

Me lo estoy pensando esto de ser metrosexual.

(La Razón - 0)

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