Columnas

El bodón

La boda de Villalonga, el financiero con rostro de gañán, con la Abascal, la grácil señorita acteca, siempre tan arregladita y sofisticada como una vendedora de productos de belleza a domicilio, es una prueba más de que el dinero no lo compra todo. Con el pastón que se han gastado podían haber alquilado El Escorial, Disneylandia o el Vaticano, pero no, ellos han preferido casarse en Miami (léase maiami) y con una fórmula de esponsales redactada expresamente para la ocasión, no se iba a conformar Villalonga con las palabras adocenadas que usa todo el mundo: “El día de hoy me caso con mi mejor amiga. Prometo dar lo mejor de mí mismo. Compartir mi vida y mi amor en los buenos momentos y en los malos. Prometo amarte, cuidarte, reír contigo y crecer contigo, darte mi corazón y mi respeto”. Eso dijo sin sonrojarse, el tío. Es difícil meter tanta cursilería ramplona en cuatro líneas. Lo que demuestra dos cosas: una, que aunque se esté podrido de millones (y ahí reside el romanticismo de estas bodas en las que el novio le lleva veinte años a la novia) el dinero no sirve para comprar buen gusto. Otra: que a lo mejor el taimado financiero se está trabajando el futuro divorcio en el mismo momento del enlace porque, ¿qué juez medianamente sensible fallaría que hubo matrimonio válido entre una pareja que se casó con esas fórmulas?

Que el ancho sendero de la cursilería no conduce a ninguna parte es cosa sabida. No obstante, tampoco defiendo que los matrimonios finos deban incurrir en las horteradas al uso, los puñados de arroz artificial en la puerta de la iglesia, los lazos de gasa decorando el cochazo alquilado, las fotografías almibaradas debajo de un pino, la venta al detall de la corbata del novio y de las bragas de la novia, troceadas sobre bandeja de plata (en la última boda a la que asistí tuve que aflojar mil pesetas por medio salvaslip de la contrayente). No, no se trata de eso. Puestos a innovar, regresemos a las sinceras y limpias bodas medievales. Tras la bendición, acompañamiento a la alcoba nupcial y música de chirimías para amenizar la consumación del acto. Después de que el notario invite a entrar a los invitados para constatar que la sábana pregonera está manchada de sangre, aunque sea de narices, nuevas chirimías, comilona y cada mochuelo a su olivo. Que los novios puedan meditar a solas, cada cual en su mismidad, qué necesidad había de meterse en el fregado en el que se han metido.

(El mundo - 2001)

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