Columnas

Antitauromaquia

Está en las librerías el libro de Manuel Vicent Antitauromaquia, estupendamente ilustrado por Ops. Ahora hay menos afición a los toros que en tiempos de nuestros bisabuelos y la polémica sobre la licitud de la vistosa salvajada se ha atenuado, pero el recordatorio de Vicent es oportuno. ¿Es la llamada fiesta nacional un anacrónico vestigio de la barbarie, la crueldad, la incultura, la insensibilidad y la miseria moral e intelectual del español? ¿Representa la España cruel y dura que no acaba de perder el pelo de la dehesa? Vicent reconoce que las cosas no son lo que eran, que van desapareciendo aquellas capeas en honor de la patrona del pueblo en que las vaquillas eran apaleadas, ensogadas, abrasadas, claveteadas y, al final del suplicio, devoradas. Ya casi no se llevan los festejos patronales en los que el jolgorio consiste en decapitar un ganso con una espada o en despeñar una cabra desde el campanario. Tampoco quedan barracas de feria donde la diana del plomazo sea la cabecita de una paloma asomando por un agujero. Incluso las corridas de toros han mitigado su antigua ferocidad. Desde que el peto se hizo obligatorio –con gran disgusto de la afición- no se ven jamelgos agonizantes con las tripas esparcidas por la arena. Sin embargo, lamenta Vicent, muchos españoles, a los que tanto ha costado sacudirse la mugre de la incultura y el analfabetismo, andan todavía prendidos en ese ritual repleto de mugre, último vestigio de una violencia metódica que les impide ser modernos. Vicent no entiende que una persona se deleite contemplando cómo le barrenan músculos y nervios al bello animal, cómo el manantial de sangre recorre el lomo negro y chorrea hasta las pezuñas, cómo le clavan arpones de colores en el costillar, cómo lo convierten, en pocos minutos, en un embuchado sanguiñoliento, mientras el carnicero, un tipo delgado disfrazado de bailarina, -zapatillas de borlas, medias rosas, lentejuelas, gorro de astracán- compone posturitas de figurín y atraviesa al animal extenuado con una espada.

Algunos intelectuales extraen de la corrida filosofía barata y, teorizando sobre las verónicas de seda, no perciben la cochambre y la miseria. Vicent sólo ve un espectáculo degradante. Vicent cree que la crueldad es indivisible, que la persona que concibe que la sangre de una corrida pueda servir de soporte a la belleza, está preparada para admitir que la verdad pueda brotar, mediante tortura, en el sótano de una comisaría.

Los animales ¿tienen derechos?

(El Mundo - 2001)

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