Columnas

La Peseta

Año 1869. La tertulia del café La Verdadera ha examinado el pulso de la nación. Don Baldomero Canena ha traído noticias, con pelos y señales, de Isabel II, la reina depuesta que vive en un hotel de París amancebada con su último amante; en cambio, del rey que la sucedió, Amadeo de Saboya, también expulsado al cabo de unos meses, no se sabe nada. Los republicanos auguran un espléndido futuro a la recién instaurada República, a pesar de los espesos nubarrones que oscurecen el horizonte: el cantonalismo, la desunión... Don Raimundo Pastor, subsecretario del ministerio de Fomento, se ha reservado el golpe de efecto. Llama al camarero y hace tintinear sobre el mármol del velador una moneda brillante, recién acuñada.

-¿Qué moneda es esa? –pregunta el boticario Peláez.

-¡Ah! ¿No la conocéis? –se extraña don Baldomero-. La nueva peseta.

La moneda circula de mano en mano. En el anverso figura una matrona recostada con una corona mural y con un ramito de olivo en la mano.

-¿Y esta señora? –pregunta García Povedano, el notario -¿No será la Isabelona, con el trabajo que nos ha costado echarla?

-No, hombre –interviene don Braulio Baeza, que es numismático-. Es España y la República. La han copiado de una antigua moneda romana de Adriano que representaba a España.

En el reverso, alrededor del escudo de España, limpio de lises borbónicas y coronado con la corona mural republicana, figura la inscripción: UNA PESETA. DOSCIENTAS PIEZAS EN KILOGRAMO.

-¡Otra reverencia al Dios del dinero, por si hubiera pocas! –suspira el canónigo don Próculo Amaro, el único tertuliano que rehusa contemplar la pieza.

Alguna razón tiene don Próculo. El panorama monetario de España es algo confuso. Se han realizado esfuerzos para regularlo y limitarlo a una moneda de oro, el doblón o centén, que valga cien reales, y otras cinco monedas de plata (el duro o peso fuerte, de veinte reales; el medio duro, de diez reales; la peseta, de cuatro reales; la media peseta, de dos reales, y el real), pero la verdad es que en los bolsillos de los españoles coexisten monedas de confusos valores, con las emisiones regionales de Cataluña, Valencia y Aragón y las monedas extranjeras, como esos bastísimos ochavos morunos procedentes de las indemnizaciones pagadas por Marruecos tras la guerra de 1860, que circulan como calderilla de curso. Para acabar de confundir, no faltan monedas extranjeras apreciadas por su contenido en plata, como los duros franceses, o simplemente porque se parecen a la calderilla nacional.

Por la calle pasa un aguador asturiano voceando: ¡A la rica agua! Desde la ventana acristalada lo ven alejarse, con su calzón corto que lleva un parche de cuero sobre el muslo derecho, para apoyar la cuba.

Don Baldomero Canena reflexiona sobre lo lejos que estamos de Europa.

Madrid sigue siendo el incómodo ploblachón manchego que promocionaron los Austrias. En cuanto amanece, las llantas metálicas de los carruajes rechinando sobre los adoquines de granito del Guadarrama compiten con los pregones de los vendedores ambulantes: ¡Palmatorias de Lucena!, ¡Al rico arrope de la Mancha!, ¡Navajas, tijeras de Albacete!, ¡A la rica horchata de Valencia!, ¡Cien cerillas por dos cuartos!, ¡Miel de la Alcarria!, ¡El afilador!, ¡Se gobiernan tinajas, artesas, barreños, platos, fuentes!, En las calles de la gran ciudad, las burras de los lecheros, las de los mugreros que recogen la basura, los caballos que tiran de los omnibus, se cruzan con rebaños de ovejas que discurren con pleno derecho por cañadas que la expansión urbana ha convertido en bulevares. Madrid, corte y oficina, asilo de desocupados, con su aristocracia ociosa, sus rentistas y sus políticos que viven de espaldas a la miseria nacional, con sus mentideros y tertulias, sus novenas piadosas, sus ciegos callejeros, sus músicos ambulantes de pianola, sus cafés para leer el periódico de balde. Lo que no abundan son los bancos, pero no faltan diteros que prestan dinero a un interés del doce por ciento mensual o, si el cliente es modesto y no sabe mucho de números, a real diario por cada duro.

Un tertuliano le pregunta al numismático:

-Don Braulio, ¿usted sabría decirnos por qué se llama duro a la moneda de cinco pesetas?

Apura don Braulio su agua con azúcar, elevada al rango de bebida nacional, y carraspea ligeramente antes de responder.

-Porque se supone que es una moneda sólida y de confianza que contiene su peso en plata de 900 milésimas.

Ya llegarán los tiempos en que la plata del duro se reduzca a tercios de su valor facial. Además circularán tantos “duros sevillanos” falsos (acuñados en Sevilla, en Gerona, en Alicante y hasta en Mejico) que sólo los duros de don Amadeo, hace tiempo desaparecidos de circulación, conservarán su prestigio, aumentado por la leyenda de que para rellenar las patillas, que luce la efigie del fugaz rey, tuvieron que aumentar la cantidad de plata por encima de lo calculado.

Muchos españoles no se fían todavía de los billetes, prefieren las monedas con una cantidad de metal precioso equivalente a su valor facial. Faltan todavía unos años para que, a partir del 19 marzo de 1874, con la concesión de monopolio de emisión al Banco de España, se sustituya la denominación escudo por la de peseta en los billetes y para que el billete comience a ganarse la confianza de los españoles, al menos la de los habitantes de las ciudades. En los pueblos, los campesinos recelosos siguen atesorando duros de plata bajo una baldosa o los entierran con mil cuidados y sigilos en una cochinera del corral. A los españoles no les gusta llamar a las monedas por su nombre. Un duro será un machacante; el orgulloso león de la calderilla de bronce, les parecerá a los usuarios una perra (perra gorda en las monedas de 10 céntimos; perra chica en las de 5).

En la tertulia de La Verdadera, alguien se interesa por el origen de la palabra peseta.

-En esto hay division de opiniones –dice don Braulio Baeza-. Unos creen que procede del catalán o del francés piecette, piececita; otros opinan que es el diminutivo de peso, pesito. El caso es que la palabra peseta designaba en el siglo XVII las monedas de dos reales de plata. Un siglo más tarde la denominación se entendía como diminutivo de peso, la moneda de ocho reales.

A vueltas con las monedas, un tertuliano cree conveniente que España se integre en la Unión Monetaria Latina, apadrinada por Francia, a la que se han adherido Bélgica, Suiza, Italia y Grecia. Francia apoya un patrón bimetalista, basado en la plata y el oro, en contra de Inglaterra, que sigue el patrón oro, y de Prusia, que sigue el patrón plata. Don Próculo razona que a España le interesa más el patrón oro porque, a pesar de nuestras miserias, ese metal abunda más en España que en otros países de más reciente grandeza. Por otra parte, don Baldomero tiene noticias de que las minas americanas están produciendo mucha plata, lo que acarreará un descenso de los precios. Va a ser difícil mantener ese metal como valor estable. Se ve venir que muchos países se convertirán al patrón oro.

-¿Mucha plata? –se extraña don Práxedes Lupión, que es de la opinión contraria-. Pues no me explico entonces por qué hay en el extranjero tanta avidez por nuestras monedas de plata.

-Porque la plata vale más en el extranjero que en España y los especuladores acaparan los duros para venderlos al peso en los mercados internacionales, pero eso no durará mucho –interviene don Baldomero.

Don Baldomero argumenta que el progreso viene de París y es mejor acogerse a lo francés si queremos figurar entre las grandes potencias europeas.

-¿España gran potencia? –se extraña don Próculo- Si todo lo que requiere inversión o cálculo está en manos de los extranjeros que nos colonizan: los nuevos ferrocarriles, las explotaciones mineras, las inversiones bancarias...

No le falta razón. España tiene quince millones de habitantes, en su mayoría analfabetos. A pesar de los aterradores índices de mortalidad infantil (en los que debemos incluir la práctica rutinaria del infanticidio como método de control de natalidad), la población aumenta a mayor ritmo que la producción de alimentos. La mayoría de los españoles sobrevive precariamente con los productos de una agricultura que no da para alimentarlos. El abismo entre la vida rural y la urbana se ensancha de año en año. Fuera de las grandes ciudades no hay carreteras, ni tiendas, ni hospitales, ni los servicios mínimos. Los segadores o los trabajadores estacionales se sacan unos duros con los que mantener a la familia hasta la temporada siguiente, pero todavía hay muchos campesinos que trabajando de sol a sol, en jornadas de catorce horas, apenas ganan para mantenerse. El hambre se manifiesta en los niños redrojos que no alcanzaron el nivel mínimo de calorías para crecer y en la sopa boba de conventos y cuarteles. Muchos peones se ajustan por la manutención, el vestido y alguna propinilla adicional. Hay oficios que rinden algo: los recueros maragatos, los carreteros leoneses, que aseguran el transporte de mercancías en un país montañoso desprovisto de carreteras, pero, exceptuando esta minoría, la gente del campo se gana mal la vida. Muchos emigran a la ciudad menestral y menesterosa. En los corrales de vecinos se confunden los acentos regionales de los serenos gallegos, de las amas de cría montañesas, de las criadas, las lavanderas, costureras (que quedarán ciegas antes de envejecer) y las prostitutas.

La nueva peseta, cumplido su recorrido, regresa al chaleco de don Raimundo Pastor. Al guardarla se pregunta qué porvenir le espera a la nueva moneda en un mundo tan cambiante y difícil.

(El mundo - 2001)

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